No mucho después de que el coronel Shute hubo asumido la gobernación de Massachusetts Bay, hace ya casi ciento veinte años, una joven de rango y fortuna llegó de Inglaterra para pedirle a éste que la tomase a su cargo como pupila. El coronel era un pariente lejano de la joven, pero a la vez el más próximo que había sobrevivido a la gradual extinción de su familia; de modo que la rica y aristocrática Lady Eleanore Rochcliffe no podía aspirar a un amparo más digno que el que encontraría dentro de la Casa Provincial de una colonia transatlántica. La esposa del gobernador Shute, además, había sido como una madre para ella durante su infancia y ahora estaba ansiosa por recibirla, con la esperanza de que una joven encantadora como ella, estuviera expuesta a peligros infinitamente menores en la sociedad primitiva de Nueva Inglaterra que entre los artificios y la corrupción de una corte. Si el gobernador o su consorte se hubieran preocupado particularmente por su propia comodidad, quizás habrían procurado trasladar la responsabilidad a otras manos, pues, no obstante algunas cualidades nobles y espléndidas de su carácter, Lady Eleanore era famosa por su orgullo cerril e implacable y por una arrogante certidumbre de sus prerrogativas hereditarias y personales, lo que hacía que fuera casi imposible controlarla. A juzgar por muchas anécdotas tradicionales, este humor peculiar era poco menos que una monomanía; o, si los actos que el mismo inspiraba eran los de una persona cuerda, parecía justo que la Providencia castigara un orgullo tan pecaminoso con una pena igualmente severa. Ese toque de prodigio que se proyecta sobre tantas leyendas semiolvidadas ha impartido probablemente un estremecimiento adicional a la extraña historia de Lady Eleanore Rochcliffe.
La nave en que había viajado atracó en Newport, de donde Lady Eleanore fue trasportada a Boston en el carruaje del gobernador, con una reducida escolta de jinetes. El majestuoso vehículo, tirado por cuatro caballos negros, atrajo enormemente la atención al atravesar con estrépito las calles de Cornhill, rodeado por los briosos corceles de media docena de caballeros cuyos sables golpeaban contra los estribos y cuyas pistolas sobresalían de sus fundas. A través de los cristales de las amplias ventanillas del carruaje las gentes podían vislumbrar al paso la silueta de Lady Eleanore, quien combinaba extrañamente una solemnidad casi propia de una reina con la gracia y el donaire de una doncella adolescente. Entre las damas de la provincia había circulado una notable historia, según la cual su hermosa y nueva rival debía gran parte de su irresistible encanto a cierta prenda de vestir, un manto bordado, que había sido tejido por la artista más refinada de Londres y que poseía incluso propiedades mágicas de embellecimiento. Sin embargo, en esa ocasión, no debía nada a la hechicería de la indumentaria, pues estaba vestida con un traje de montar de terciopelo que habría resultado rígido y antiestético sobre cualquier otra figura.
El auriga sofrenó sus cuatro potros negros y toda la comitiva se detuvo frente a la verja de hierros entrelazados que separaba la Casa Provincial de la calle pública. Una desagradable coincidencia quiso que la campana de Old South doblara a muerto precisamente en ese instante, de modo que Lady Eleanore Rochcliffe no fue recibida por el alegre tañido que anunciaba habitualmente el arribo de los forasteros eminentes, sino por un acongojado repique, como si la desgracia hubiera llegado encarnada en su bella persona.
—Con su perdón, señor —respondió el doctor Clarke, un médico que era a la vez el célebre adalid del partido popularcualesquiera sean los argumentos de los heraldos, un mendigo muerto debe tener preferencia sobre una reina viva. Su Majestad la Muerte confiere grandes privilegios.
Los dos personajes intercambiaron tales comentarios mientras esperaban que se abriera un claro entre la multitud que se había congregado a ambos costados de la calzada, dejando sólo un camino expedido hasta el portón de la Casa Provincial. Un esclavo negro de librea saltó de la parte posterior del carruaje y abrió de par en par el portón, en el mismo momento en que el gobernador Shute descendía por la escalinata de la mansión para ayudar a Lady Eleanore a apearse. Pero la llegada solemne del gobernador tuvo una alternativa que despertó la sorpresa general. Un joven pálido, con sus negros cabellos totalmente alborotados, se separó corriendo de la multitud y se postró junto al carruaje, ofreciendo así su cuerpo a modo de escabel para que Lady Rochcliffe lo pisara. Ella vaciló un momento, aunque a juzgar por su expresión más bien parecía dudar si el joven era digno de soportar el peso de su pie, que sentirse disgustada por el hecho de recibir un homenaje tan servil de otro ser humano.
—Arriba, señor dijo el gobernador, con severidad, al mismo tiempo que levantaba su bastón sobre el intruso, ¿Qué significa esta extravagancia?
—No —intervino Lady Eleanore jovialmente, aunque con más desprecio que compasión en su voz—. Su Excelencia no debe pegarle. Cuando los hombres sólo buscan que los pisoteen, sería lamentable negarles un favor tan fácil de conceder… ¡y tan merecido!
Entonces, aunque con la suavidad de un rayo de sol que ilumina una nube, ella apoyó su pie sobre la figura postrada y extendió la mano al encuentro de la del gobernador. Hubo un breve intervalo durante el cual Lady Eleanore conservó esta postura; y en verdad nunca hubo un símbolo más apropiado de la aristocracia y el orgullo hereditarios arrollando las simpatías humanas y la fraternidad natural, que el que esos dos seres configuraron en aquel momento. Sin embargo, los espectadores se hallaban tan impresionados por la belleza de Lady Eleanore, y la soberbia parecía tan esencial para la existencia de semejante criatura, que todos lanzaron una unánime exclamación de aprobación.
—¿Quién es ese joven insolente? —preguntó el capitán Langford, quien permanecía aún junto al doctor Clarke—. Si está en sus cabales, su impertinencia merece una lluvia de azotes. Si está loco, habría que encerrarlo para impedir que vuelva a fastidiar a Lady Eleanore.
—Su nombre es Jervase Helwyse —respondió el médico—; es un joven sin linaje ni fortuna, ni otras ventajas, con excepción de la inteligencia y el alma que le concedió la naturaleza. Y siendo secretario de nuestro agente colonial en Londres, tuvo la desgracia de conocer a esta Lady Eleanore Rochcliffe. La amó… y su desprecio lo enloqueció.
—Su locura consistió en pretenderla —observó el oficial inglés.
—Quizá fuera así —dijo el doctor Clarke, frunciendo el ceño mientras hablaba—. Pero le digo, señor, que tendría motivos para dudar de la justicia del Cielo si ningún signo de humillación abatiera a esta dama, que ahora entra con tanta altivez en aquella mansión. Ella pretende colocarse por encima de los sentimientos de nuestra naturaleza común, que abarca a todas las almas humanas. Veremos si esa naturaleza no reivindica sus derechos sobre ella en alguna forma que la coloque al nivel de los más viles.
—¡Jamás! —vociferó el capitán Langford, indignado—. Ni en este mundo ni cuando la acuesten con sus antepasados.
No muchos días después el gobernador organizó un baile en honor de Lady Eleanore Rochcliffe. Los principales personajes de la colonia recibieron invitaciones, que les fueron enviadas a sus residencias, próximas o lejanas, por mensajeros de a caballo, portadores de misivas selladas con toda la formalidad de los despachos oficiales. Obedeciendo la convocatoria hubo una general afluencia de títulos, fortunas y bellezas; y la ancha puerta de la Casa Provincial pocas veces se abrió para dar paso a una concurrencia tan numerosa y distinguida como la que se congregó allí en la velada del baile de Lady Eleanore. Sin exagerar los elogios, el espectáculo se podría definir incluso como espléndido; pues, de acuerdo con la moda de la época, las damas lucían deslumbrantes sedas y rasos que se expandían sobre anchos miriñaques; en tanto que los caballeros refulgían con sus bordados de oro pródigamente aplicados sobre el terciopelo púrpura, o escarlata o celeste, que era la tela de sus chaquetas y chupas. Esta última prenda revestía la mayor importancia, porque ceñía el cuerpo de quien la llevaba casi hasta las rodillas, y generalmente estaba ornamentada con la renta de todo el año en forma de flores y follajes dorados. El gusto diferente de nuestros días —un gusto que refleja un cambio profundo producido en todo el sistema social— calificaría de ridículas a casi todas aquellas seductoras figuras, a pesar de que esa noche los invitados buscaban sus imágenes en los espejos de pared y se regocijaban al descubrir sus propios destellos en medio de la multitud resplandeciente. ¡Es deplorable que uno de esos colosales espejos no haya conservado un retrato de la escena que, por los mismos rasgos que eran tan transitorios, podría habernos enseñado muchas cosas dignas de ser sabidas y recordadas!
¡Si por lo menos un pintor o un espejo hubiera podido transmitirnos una vaga idea de la prenda ya citada en esta narración, el manto bordado de Lady Eleanore, que según susurraban los chismosos estaba dotado de propiedades mágicas, lo que prestaba una nueva y desconocida gracia a su figura cada vez que ella se lo calaba! Aunque se trate de una fantasía absurda, este enigmático manto ha proyectado, en torno de la imagen que me he hecho de ella una atmósfera inquietante, en parte por sus legendarias virtudes y en parte porque era obra de una mujer moribunda y quizá debía la delicadeza fabulosa de su concepción al delirio producido por una muerte cercana.
Después de cumplir con los saludos rituales, Lady Eleanore Rochcliffe se apartó de la multitud de invitados, aislándose dentro de un círculo pequeño y distinguido al que acordó una atención más cordial que al resto de la concurrencia. Las antorchas de cera irradiaban su vívido resplandor sobre la escena, destacando con marcado relieve sus puntos notables; pero ella paseaba su vista por encima con indiferencia, y por momentos con una expresión de hastío o de desdén, atemperada sin embargo con gracia tan femenina que sus contertulios apenas percibían la deformidad moral de la que era producto. Lady Eleanore no contemplaba el espectáculo con vulgar suficiencia, como si se resistiera a conformarse con la imitación provinciana de un festival de la corte, sino con el desprecio más profundo de un ser cuyo espíritu se cree demasiado encumbrado para participar en los goces de otras almas humanas. Sea debido o no a que los recuerdos de quienes la vieron esa noche fueron influidos por los extraños acontecimientos a los que ella se encontró ulteriormente ligada, lo cierto es que su figura siempre se les representó a partir de entonces signada por algo desorbitado y antinatural, pese a que en ese momento el rumor general tan solo se refería a su extraordinaria belleza y a la indescriptible seducción que su manto ejercía a su alrededor. Algunos observadores próximos, por cierto, pudieron advertir que en su semblante se alternaban el sonrojo afiebrado y la más extrema palidez, con un correspondiente flujo y reflujo del ánimo, y en una o dos oportunidades con un doloroso e inevitable despliegue de lasitud, como si la joven estuviera a punto de desplomarse sobre el piso. Luego, con un estremecimiento nervioso, parecía recomponer sus energías e intercalaba en la conversación un sarcasmo ingenioso y burlón aunque parcialmente maligno. Sus modales y sentimientos denotaban una característica tan extraña que desconcertaba a todos los que la escuchaban atentos; y cuando escrutaban su rostro una mirada y una sonrisa acechantes e incomprensibles los llenaban de dudas tanto acerca de su seriedad como de su cordura. El grupo en que se hallaba Lady Eleanore Rochcliffe se redujo progresivamente, hasta que solo quedaron en él cuatro caballeH ros. Estos eran el capitán Langford, el oficial inglés al que ya nos hemos referido; un plantador de Virginia, que había viajado a Massachusetts por razones políticas; un joven pastor episcopal, nieto de un conde británico; y finalmente, el secretario privado del gobernador Shute, cuya obsequiosidad había conseguido de Lady Eleanore una especie de tolerancia.
AEn diferentes períodos de la velada los sirvientes de librea de la Casa Provincial circularon entre los invitados, cargando enormes bandejas de refrigerios y vinos franceses y españoles. Lady Eleanore Rochcliffe, que se había negado a humedecer sus hermosos labios aunque solo fuera con una burbuja de champagne, se hallaba hundida en un amplio sillón damasquinado, abrumada fuese ya por la excitación de la escena o por el tedio, y en un momento en que se abstrajo de las voces, las risas y la música, un joven se aproximó a ella y se arrodilló a sus pies. Sostenía una bandeja, sobre la que reposaba una copa de plata cincelada llena de vino hasta el borde y que él le ofrecía con tanta veneración como si se tratara de una reina coronada, o más exactamente con la inmensa devoción de un sacerdote que hace un sacrificio a su ídolo. Consciente de que alguien había rozado su vestido, Lady Eleanore se sobresaltó y abrió los ojos para encontrarse con los rasgos pálidos y desencajados y la melena alborotada de Jervase Helwyse.
—¿Por qué me perseguís así? —preguntó ella, con voz lánguida, pero con un sentimiento más afable que el que geneH ralmente se permitía expresar—. Me dicen que os he hecho daño.
—El Cielo sabrá si es así —respondió el joven solemnemente—. Pero, Lady Eleanore, en compensación por ese daño, si es que existió, y por vuestro propio bien terrenal y celestial, os ruego que bebáis un sorbo de este santo vino, y que luego paséis la copa entre los invitados. Y éste será un símbolo de que no os habéis propuesto segregaros de la cadena de los sentimientos humanos… pues quien de ella se aparte deberá reunirse con los ángeles caídos.
—¿De dónde ha robado este loco el cáliz sacramental? —exclamó el sacerdote episcopal.
La pregunta atrajo la atención de los invitados hacia la copa de plata, que fue identificada como la que correspondía al plato de comunión de la iglesia de Old South y, por lo que parecía, estaba repleta de vino consagrado.
—Quizá está envenenado —susurró por lo bajo el secretario del gobernador.
—¡Hacédselo beber al villano! —rugió ferozmente el virginiano.
—¡Echadlo de la casa! —vociferó el capitán Langford, tomando a Jervase Helwyse por el hombro tan violentamente que el cáliz sacramental se volcó y su contenido salpicó el manto de Lady Elcanore—. Ya se trate de un bribón, de un tonto o de un loco, es intolerable que este individuo continúe en libertad
—Os ruego, caballeros, no hagáis daño a mi pobre admirador —intervino Lady Eleanore, con una sonrisa débil y fatigada—. Quitadlo de mi vista, si ello os place, pues sólo me inspira risa, en tanto que si prevalecieran la rectitud y la conciencia debería llorar por el mal que he causado.
Pero mientras los espectadores se esforzaban por sacar de allí al infortunado joven éste se desprendió de ellos y con una seriedad enajenada y apasionada le dirigió a Lady Eleanore una nueva súplica igualmente insólita. Le pidió que arrojara su manto, que ella había apretado aún más en torno de su cuerpo mientras su admirador le ofrecía la copa de vino, hasta quedar prácticamente envuelta por él.
“Cast it from you!” exclaimed Jervase Helwyse, clasping his hands in an agony of entreaty. “It may not yet be too late! Give the accursed garment to the flames!” —¡Despojaos del manto! —exclamó Jervase Helwyse, entrelazando sus manos en una actitud de ruego atormentado—. ¡Quizás aún no sea demasiado tarde! ¡Lanzad al fuego la maldita prenda!
Pero Lady Eleanore, con una risa desdeñosa, recogió sobre su cabeza los ricos pliegues del manto bordado, de modo que impartió un aspecto totalmente nuevo a su rostro maravilloso, el cual, parcialmente oculto y parcialmente descubierto, parecía pertenecer a un ser de carácter y propósitos misteriosos.
—¡Adiós, Jervase Helwyse! —dijo ella—. Guardad mi imagen en vuestra memoria tal como la veis ahora.
—¡Ay, señora! —respondió él, con un tono que ya no era vehemente, sino triste como un toque de difuntos—. Deberemos encontrarnos pronto, cuando vuestro rostro sea distinto… y ésa será la imagen que deberé conservar.
No ofreció ya ninguna resistencia a los violentos esfuerzos de los caballeros y los sirvientes, quienes prácticamente lo arrastraron fuera del salón y lo echaron afuera sin miramientos desde el portón de hierro de la Casa Provincial. El capitán Langford, que había tenido una participación muy activa en este incidente, volvía a reunirse con Lady Eleanore Rochcliffe, cuando se encontró con el doctor Clarke, el médico con el que había mantenido una fugaz conversación en el día de la llegada de la dama. El médico estaba solo, separado de Lady Eleanore por todo el ancho de la estancia, pero la observaba con tan aguda sagacidad que el capitán Langford le atribuyó involuntariamente el descubrimiento de algún hondo secreto.
—Después de todo, parece fascinado por los encantos de esta majestuosa doncella —comentó, con la esperanza de desentrañar el oculto conocimiento del médico.
—¡Que Dios no lo permita! —exclamó el doctor Clarke, con una adusta sonrisa—. Y si usted fuera prudente, elevaría la misma plegaria por su propio bien. Ay de aquellos que se dejen fascinar por esta bella Lady Eleanore. Pero allí está el gobernador, y debo decirle una o dos palabras en privado. ¡Buenas noches!
Se encaminó, en efecto, hacia el gobernador Shute y le habló con voz tan baja que ninguno de los contertulios pudo captar una sola palabra de lo que decía, aunque el cambio súbito que se produjo en el hasta entonces jocundo semblante de su Excelencia reveló que la información no era muy placentera. Pocos minutos después se comunicó a los invitados que una circunstancia imprevista obligaba a suspender la fiesta antes de lo previsto.
El baile celebrado en la Casa Provincial se convirtió en el tema de conversación de la metrópoli colonial durante los primeros días posteriores al acontecimiento, y habría continuado siéndolo si otro problema de interés capital no lo hubiera desalojado, por un tiempo, de la atención pública. El problema consistió en la declaración de una terrible epidemia que, en esa época, y desde mucho tiempo antes y hasta mucho tiempo después, aniquiló a centenares y millares de víctimas a ambos lados del Atlántico. En la ocasión a la que nos referimos se distinguió por una peculiar virulencia, hasta el punto de que ha dejado sus huellas o, para emplear una metáfora apropiada, las marcas de sus picaduras en la historia del país, donde sus estragos sembraron la confusión. Al principio, la enfermedad no siguió su curso ordinario, y pareció circunscribirse a los círculos más elevados de la sociedad. Seleccionaba a sus víctimas entre los soberbios, los nacidos en cunas de abolengo y los acaudalados, entraba sin escrúpulos en los aposentos aristocráticos y se tendía junto a los que dormían sobre sus lechos de seda. Algunos de los huéspedes más distinguidos de la Casa Provincial —incluidos aquellos que la altiva Lady Eleanore Rochcliffe no había juzgado indignos de su atención— fueron azotados por este flagelo mortal. Se observó, con un espíritu despiadadamente cruel, que los cuatro caballeros que habían sido sus acompañantes más devotos durante la noche del baile —el virginiano, el oficial británico, el joven clérigo y el secretario del gobernador— fueron los primeros en caer bajo el ataque fulminante de la plaga. Pero la enfermedad continuó su marcha arrollaH dora, dejando de ser pronto un privilegio exclusivo de la aristocracia. Su marca roja ya no fue considerada como una estrella de nobleza o como una orden de caballería. Continuó su trayectoria a lo largo de las callejuelas estrechas y tortuosas, y entró en las moradas más ruines, pobres y oscuras, y depositó su sello de muerte sobre los artesanos y los trabajadores de la ciudad. Allí estaba esa poderosa conquistadora, el flagelo y el horror de nuestros antepasados, ¡la viruela!, que obligaba a ricos y pobres a sentirse momentáneamente hermanos y que iba y venía por las Tres Colinas, con una ferocidad que la convertía casi en una nueva peste.
No podemos imaginar hoy el espanto que esta plaga provocaba antaño, pues la vemos como un monstruo desdentado. Debemos recordar, en cambio, con cuánto pavor seguimos los pasos gigantescos del cólera asiático, que se desplazaba de una costa a otra del Atlántico, y que avanzaba como el destino sobre ciudades muy alejadas entre sí, ciudades que la fuga ya había despoblado a medias. No hay pánico más horrendo ni más deshumanizante que aquél que le hace temer al hombre el respirar el aire vital del cielo por el riesgo de que esté contaminado, o el tomar la mano de un hermano o un amigo por el peligro de que lo atrapen las garras de la peste. Tal era la desesperación que pisaba ahora los talones de la plaga, o que la precedía a través de la ciudad. Las tumbas se cavaban de prisa y los restos apestados se cubrían con igual premura, porque los muertos eran los enemigos de los vivos y forcejeaban por arrojarlos de cabeza, valga la expreH sión, en sus propias y lúgubres fosas. Se suspendieron las asambleas públicas, como si la prudencia de los mortales pudiera prescindir de sus instrumentos ahora que un usurpador inmaterial se había apoderado de la mansión del gobernante. Si una flota enemiga hubiera estado al acecho frente a la costa, o sus ejércitos hubieran hollado nuestro territorio, probablemente el pueblo habría confiado su defensa a ese mismo calamitoso conquistador que había forjado su propia desgracia y que no toleraría interferencias en sus dominios. Este conquistador tenía un emblema de sus victorias. Se trataba de una bandera de color rojo sangre que flameaba en la atmósfera viciada, sobre la puerta de cada una de las casas en que había entrado la viruela.
Hacía mucho tiempo que este pendón ondeaba sobre el pórtico de la Casa Provincial; pues de allí había surgido la terrible hecatombe, según se comprobó al seguir su pista hasta las fuentes. Había sido rastreada hasta el lujoso aposento de una dama— la más altiva entre las altivas—, aquella tan delicada que casi negaba ser de materia terrenal, la mujer arrogante que se elevaba por encima de los sentimientos humanos… ¡Lady Eleanore! No quedaban dudas de que el contagio se había agazapado en aquel maravilloso manto, que había esparcido a su alrededor una gracia tan extraña durante el festival. Su fantástico esplendor había sido concebido por el cerebro delirante de una mujer que yacía en su lecho de muerte, y había sido la última obra de sus dedos cada vez más rígidos, que entrelazaban la fatalidad y el infortunio con sus hilos de oro. Esta oscura historia, susurrada al principio, era ya proclamada a los cuatro vientos. El pueblo se indignaba contra Lady Eleanore, y clamaba que su orgullo y su desprecio habían evocado un demonio, y que entre ambos habían engendrado esa monstruosa desgracia. Ocasionalmente la ira y la desesperación asumían la forma de un sarcasmo sonriente, y cada vez que se izaba la bandera roja de la peste sobre una puerta, y otra más, la turba aplaudía y vociferaba por las calles, con mordaz ironía! —¡Ved un nuevo triunfo de Lady Eleanore!
Un día, al promediar ese trágico período, una figura delirante se acercó al portón de la Casa Provincial y, cruzando los brazos, se quedó contemplando la bandera escarlata que una brisa pasajera agitaba espasmódicamente, como si quisiera arrojar lejos de sí el contagio que simbolizaba. Por fin, trepó sobre una de las columnas apoyándose en la verja de hierro, arrió el estandarte y entró en la mansión, agitándolo sobre su cabeza. Al pie de la escalera se encontró con el gobernador, que calzaba sus botas y espuelas y se arrebujaba en su capa, evidentemente listo para iniciar un viaje.
—¿Qué buscas aquí, maldito lunático? —exclamó Shute, extendiendo el bastón para protegerse de todo contacto—. En esta casa no queda nadie, salvo la Muerte. —¡Véte, o tropezarás con ella!
—La Muerte no me tocará, pues soy el portaestandarte de la peste —gritó Jervase Helwyse, haciendo ondear la bandera roja sobre su cabeza—. La Muerte, y la Plaga, que luce la figura de Lady Eleanore, desfilarán esta noche por las calles, y yo deberé marchar delante de ellas con este pabellón.
—¿Por qué malgasto mi aliento hablando con este individuo? —masculló el gobernador, recogiendo la capa sobre su boca—. ¿Qué importa su miserable existencia, cuando ninguno de nosotros tiene aseguradas doce horas de vida? ¡Avanza, necio, hacia tu propia destrucción!
Dejó pasar a Jervase Helwyse, quien de inmediato subió por la escalera, pero en el primer rellano fue detenido por la firme presión de una mano que se cerró sobre su hombro. Levantó ansiosamente la vista, con el loco propósito de atacar al entrometido y despedazarlo si era necesario, pero se sintió desarmado por una mirada serena, adusta, que poseía la misteriosa virtud de frenar el delirio en su punto culminante. El hombre con el que acababa de encontrarse era el doctor Clarke, el médico, que había sido llevado por los deberes de su triste profesión a la Casa Provincial, donde en épocas más prósperas no era un huésped habitual.
—¿Cuál es tu intención, joven? —preguntó.
—Busco a Lady Eleanore —respondió Jervase Helwyse, con voz sumisa.
—Todos han huido de ella —manifestó el médico—. ¿Por qué la buscas ahora? Te digo, joven, que su enfermera cayó muerta sobre el umbral de ese cuarto fatal. ¿Acaso no sabes que jamás llegó a nuestras playas una maldición como la que nos trajo esta bonita Lady Eleanore? ¿Que su aliento ha emponzoñado el aire? ¿Que ha esparcido la peste y la muerte sobre la comarca desde los pliegues de su maldito manto? —¡Dejad que yo la vea! —contestó el joven loco, con más pasión—.
¡Permitidme que la contemple, en su espantosa beH lleza, ataviada con la vestimenta regia de la peste! Ella y la Muerte se sientan en un mismo trono. ¡Dejad que me hinque de rodillas ante ambas!
—¡Pobre joven! —comentó el doctor Clarke, y movido por un hondo sentimiento de debilidad humana, dejó que aún en tales momentos una sonrisa de humor cáustico curvase sus labios—. ¿Quieres continuar venerando a la destructora y rodeando su imagen con fantasías tanto más magníficas cuanto mayor es el daño que causa? Así procede siempre el hombre con sus tiranos. ¡Acércate, pues! Según he observado, tu demencia tiene la ventaja de protegerte del contagio… y quizá su propia cura se encuentre en ese aposento.
El médico subió otro tramo de escaleras, abrió una puerta y le hizo una seña a Jervase Helwyse para que entrara. Probablemente el pobre lunático había acariciado la ilusión de que su altiva señora estuviera sentada en medio de la pompa, inmune a la pestilente influencia que, como por encantamiento, había diseminado en torno de sí. Creía sin duda, que su belleza no se había visto disminuida sino que al contrario había sido realzada con un esplendor sobrehumano. Con estas presunciones se acercó reverentemente a la puerta junto a la cual esperaba el médico, pero se detuvo sobre el umbral escudriñando con miedo la oscuridad de la estancia en sombras.
—¿Dónde está Lady Eleanore? —susurró.
—Llámala —respondió el médico.
—¡Lady Eleanore! ¡Alteza! ¡Reina de la Muerte! —gritó Jervase Helwyse, avanzando tres pasos hacia el interior de la cámara—. ¡No está aquí! Encima de esa mesa veo el destello de un diamante que otrora lució sobre su pecho. Allí… allí cuelga su manto —agregó temblando—, en el que una muerta bordó un hechizo de horrorosa potencia. ¿Pero dónde está Lady Eleanore?
Algo se agitó entre las cortinas de seda de un lecho doselado; y surgió un gemido débil que, al prestar atención, Jervase Helwyse empezó a distinguir como una voz de mujer, la cual se quejaba plañideramente pidiendo agua. Incluso le pareció reconocer sus acentos.
—¡Mi garganta! ¡Tengo la garganta abrasada! —murmuró la voz—. ¡Una gota de agua!
“What thing art thou?” said the brain-stricken youth, drawing near the bed and tearing asunder its curtains. —¿Qué cosa eres? —preguntó el desequilibrado joven, acercándose al lecho y desgarrando las cortinas—. ¿Qué voz has robado para tus murmullos y miserables súplicas, como si Lady Eleanore pudiera tener conciencia de un mal fatal? ¡Atrás! ¿Por qué acechas en el aposento de mi dama, montón de despojos mortales?
—¡Oh, Jervase Helwyse! —dijo la voz… y mientras hablaba la figura se agitó tratando de ocultar su cara llagada—. No miréis ahora a la mujer que antaño amasteis. La maldición del Cielo ha caído sobre mí, porque no quise aceptar por hermano al hombre, ni por hermana a la mujer. Me envolví en la vanidad como si fuera un MANTO, y desdeñé la compasión natural. Y por ello la naturaleza ha convertido este cuerpo desdichado en el vehículo de una terrible piedad… Vos habéis sido vengado… todos habéis sido vengados… La naturaleza ha sido vengada… ¡porque yo soy Eleanore Rochcliffe!
La perversidad de su dolencia mental; la amargura que se agazapaba en el fondo de su corazón, no obstante su insanía, por una vida frustrada y destruida; y el amor que había sido recompensado con un cruel desprecio, se despertaron dentro del pecho de Jervase Hehvyse. Sacudió el dedo índice señalando a la infeliz muchacha, y la habitación resonó y las cortinas del lecho se estremecieron con el estallido de su alegría demencial:
—¡Otro triunfo para Lady Eleanore! —gritó—. ¡Todos han sido sus víctimas! ¿Quién es más digna de ser su última víctima que ella misma? Impulsado por alguna nueva fantasía de su mente alterada, se apoderó del manto fatal y salió corriendo de esa habitación y luego de la casa.
Esa noche desfiló por las calles una procesión, iluminada con antorchas, que alzaba en su centro la efigie de una mujer envuelta con un manto ricamente bordado; en tanto que al frente marchaba Jervase Helwyse, agitando la bandera roja de la peste. Al llegar frente a la Casa Provincial la turba quemó el muñeco y un fuerte viento dispersó las cenizas. Se dice que a partir de ese mismo momento la peste amainó, como si su imperio hubiera tenido alguna misteriosa relación, desde el primer azote de la plaga hasta el último, con el Manto de Lady Eleanore. Una extraña incertidumbre flota sobre el destino de esta infortunada dama. Sin embargo, cuenta la leyenda que en un determinado aposento de esa mansión se puede vislumbrar, a veces, vagamente, una figura femenina que se acurruca en el rincón más oscuro y se cubre el rostro con un manto bordado. Si la leyenda fuera cierta ¿podría ser esta mujer otra que la anteriormente orgullosa Lady Eleanore?