EN MADRID.

I.

LOS BAILES DE CAPELLANES.

Vox populi, vox Dei.—Cuando la fama lo dice, verdad será.—Pero, aunque no lo sea, nadie negará que los confesores, las madres del antiguo régimen, las damas educadas á la inglesa y los hombres que observan un buen método higiénico-moral, ponen las cruces á los Bailes de Capellanes.

—¡Conque anoche estuvo V. en Capellanes!… ¡Vaya una vida!—exclama maliciosamente nuestra presunta madre política, en tanto que nuestra futura esposa calla y cose, más seria que la siempre escamada Juno.

—¡La Vizcondesa estaba anoche en Capellanes!!!—se dicen al oido sus adoradores, llevándose las manos á la cabeza, sin que lo vea el marido.

—¡No me lo niegues! (grita otra mujer arreglando la corbata á su consorte). ¡Tú vienes de Capellanes!

—Pero ¿qué pasa en Capellanes?—me preguntará el benévolo lector.

Va V. á saberlo, amigo mío.—Hoy habrá baile, pues desde Navidad hasta Ceniza, rara es la noche que se cierra aquel local…—Va usted á acompañarme esta noche… La función principiará á las nueve; pero nosotros no iremos hasta la hora de la salida de los teatros, que es cuando la danza se halla en todo su apogeo.—Desde entonces hasta las dos de la madrugada, que se apagan las luces, tiempo tendremos de conocerlo todo…

Ya hemos llegado.—Comience V. á admirar prodigios…

El primero es de baratura…—Lo digo, porque la entrada cuesta diez reales.—La salida… es á gusto del consumidor.

No hay necesidad de quitarse el abrigo, ni la bufanda; pero, si tiene V. calor, puede dejarlos en el guarda-ropa.

¡Vea V. qué galería tan cómoda para descansar!… Es un diván de cien metros que da la vuelta al salón… Aquí se fuma, se duerme, se pronuncian discursos ó se pasea filosóficamente.

Penetremos en el paraninfo ó para… ninfas.

Aquí tiene V. un salón cuadrado, sostenido el techo por cuatro columnas, y muy semejante á un gran patio de Andalucía.

En el espacio comprendido entre los cuatro cenadores, se baila…—¡Porque eso que mira usted asombrado es bailar!

Al rededor se ama á cuarenta grados Reaumur.

Por lo demás, yo creo que en Madrid no hay un local más bonito ni más á propósito para un baile.

El aspecto de la concurrencia recuerda los buenos tiempos de las máscaras.—Aquí, no sólo se viene disfrazados, sino vestidos. ¡Es un baile de trajes en toda la extensión de la palabra!—Aquí tiene V. todo el guarda-ropa de los teatros: Moros, templarios, griegas, manolas, escoceses, Isabeles de Inglaterra, Franciscos primeros, Motezumas, Reinas-Católicas, puritanos, Federicos, Raqueles y Semíramis, andan amigablemente del brazo, ó polkan que se las pelan, ó se ponen como hoja de peregil si llega la mano.

Estas espléndidas máscaras, varones y hembras, son la parte peligrosa del baile… Porque observe V. que los Federicos, los templarios y los Motezumas son también mujeres disfrazadas de hombre!—Yo sé de un amigo mío que logró fijar la atención de una de esas máscaras ilustres, y consiguió á fuerza de muchas instancias (las instancias fueron de él: y lo advierto… porque también ellas suelen instarle á uno), consiguió, digo, llevarla al ambigú.

—Pide algo…—exclamó mi amigo.

Era la una de la noche.

—Mozo, ¿hay puchero?—preguntó Isabel de Inglaterra.

¡Y no es esto lo peor que puede acontecer en Capellanes!…—Pero hablemos de cosas más apetecibles. El lado novelesco y digno de atención de estos bailes lo constituyen ciertas modestas tapadas vestidas de negro, con largos mantos ó anchurosos capuchones, que andan de acá para allá buscando á un marido más ó menos infiel ó á un amante más ó menos afortunado.

Y es que á Capellanes va también la dama non sancta del gran mundo, que ama á un gallardo estudiante del sexto de Leyes y no le ve nunca con desahogo, ni tuvo jamás la dicha de bailar con él.—Para estos, la noche es ideal, sublime, romántica á sumo grado. ¿Qué les importa el mundo que les rodea? ¡Allí está ella, la deidad cuyo coche sigue penosamente en el Prado, cuya mano puede apenas coger en los corredores del teatro Real, y con la que no se ve á solas más que alguna vez en detestable coche simón! ¡Y allí está el incauto joven que la aristócrata aburrida distinguió entre la muchedumbre y elevó á un cielo que nunca soñara!—¡Al fín son libres; al fín andan del brazo por en medio de la multitud! ¡Todo el mundo es testigo de su dicha, y sin embargo, nadie los ve!…—¡He aquí un goce que sólo lo proporcionan las máscaras!

A las dos menos cuarto nadie ve más allá de sus narices.—Se ha bebido, se ha perdido la cabeza á fuerza de bailar, se ha dado el alma al diablo, se ha obtenido la cita, se han marchado las tapadas decentes, se han confundido en un vértigo febril la mentira y la verdad, y las caretas son inútiles, y los respetos sociales una farsa, y los desconocidos se tutean, y las feas parecen hermosas, y todos gritan, todos bailan, todos sueñan, todos reducen el pasado y el porvenir á aquel instante pasajero de locura y fascinación.

—¡Huyamos, amigo mío: huyamos de esta jaula de monos!

 

II.

LOS BAILES DEL TEATRO REAL.

Las tres noches en que estos bailes presentan su caracter propio,—el segundo día de Carnaval, la noche de Piñata y la consagrada á los Establecimientos de Beneficencia,—el regio coliseo ofrece un aspecto moral y material enteramente distinto del de Capellanes.

En él no hay trajes pintorescos ni aparatosos disfraces. Las mujeres van cubiertas de largos dominós ó mantos negros: los hombres vestidos de media sociedad.—Casi nadie baila: los que se dedican á este placer, ó son tránsfugas de Capellanes ó provincianos inespertos.—Al teatro Real se va más que á nada á desenlazar dramas y poemas ó á empezar novelas sumamente interesantes.

Hay, pues, algo de lúgubre y melancólico en estos bailes de máscaras; algo de serio y de imponente. Allí se dan ciertas quejas, y se hacen ciertas recriminaciones. Allí hablan los que se amaron durante mucho tiempo, riñeron después y dejaron de verse al cabo… De allí salen á veces reconciliados los novios, los amantes y hasta los esposos… Allí tropieza uno con los amigos secretos, con las simpatías ignoradas, con las desconocidas entusiastas que no se ponen en balde la careta… Consejos, noticias, censuras, declaraciones, desengaños…, salen como un vendabal de labios de las mujeres, yendo á turbar la mente de los hombres… La infidelidad, los celos, la venganza, la calumnia, los recuerdos de amor andan encarnados, por decirlo así, en aquellas sombras negras cuyos funerales chillidos van sembrando la desolación y la muerte.

Por lo demás, el local es lujosísimo, la orquesta maravillosa, la concurrencia innumerable. A cierta hora los palcos se llenan, ó de parejas que siguen el drama tête á tête, sin que la protagonista se haya quitado el antifaz, ó de familias pacíficas que han arrojado la inútil máscara y contemplan desde allí el animado espectáculo del salón, como los que ven desde un balcón artificial la catarata del Niágara.

De las tres á las cuatro hay una hora de sosiego, en que ni se baila ni suena la música.

Es que cenan los alegres de corazón.

Pero más excitan la envidia de los tristes y de los solitarios algunas parejas que se pasean por los corredores ó por las escaleras.—Muchos toman un coche y se marchan…, y luego vuelven.—No pocos se sientan á filosofar, y acaban por dormirse.

A última hora, á las seis de la mañana, se alumbra el teatro con luces de Bengala, que le dan un aspecto fantástico: báilase la galop infernal, perfectamente llamada así; condénsase en vivísimas expresiones, en tumultuosos pensamientos, en rápidos compases, en frenéticos giros, toda la poesía diabólica de la noche, y entonces, los que se han reunido por casualidad, los que sólo pueden hablarse con el rostro cubierto, los que no esperan verse ya lo menos en un año, sienten un hondo vacío en el corazón, como si les faltase la vida, como si se acabase el mundo…

Entretanto, la aurora se abre paso en el horizonte, alumbrando calles y tejados cubiertos de nieve, de escarcha ó de ceniciento lodo.

III.

>EL CARNAVAL EN EL PRADO.

La decoración ha cambiado completamente.

Las damas llevan la cara descubierta. Los hombres más elegantes van vestidos de mujeres y con la cara tapada. Ellas pasean en coche, ó á pié, ó están sentadas en las sillas del Ayuntamiento. Ellos se hallan á un mismo tiempo en todas partes.

Desde la Fuente Castellana hasta la iglesia de Atocha, esto es, en un espacio de media legua, fluye incesantemente un río de carne y trapo. Los más lujosos trajes de nuestras madrileñas sirven de disfraz á los jóvenes más traviesos y distinguidos.

Ha llegado la hora del desquite. Los embromados del teatro Real se cobran con usura de todo el daño que allí recibieron del bello sexo.

El pueblo, por su parte, acude con danzas, estudiantinas y mojigangas. Entonces aparece también la mascarada política, la filosófica, la epigramática en el orden moral. Trajes fantásticos, ingeniosas caricaturas, burlas sangrientas, tipos cómicos, biografías en acción, nada falta en el gran escándalo de esos días.

Uno pronuncia discursos, otro os dirige á voz en grito apóstrofes que os ponen colorado; quién os nombra, quién os señala con el dedo; cuál os adula, cuál otro os manifiesta todo lo que os conviene saber.

Estas máscaras pregoneras, que son las más terribles, suelen ir hasta en coche, ó asaltar el que primero encuentran: á veces van á caballo: hablan con las gentes que ven en los balcones; penetran en algunas casas; acuden á los cafés; paran á los transeuntes; nada perdonan, en fín, de cuanto puede contribuir á su tremenda incontrastable soberanía.

Tal es el Carnaval en Madrid, donde, á consecuencia de nuestras revoluciones y áun de nuestro caracter nacional, la sociedad se compone de un solo vastísimo círculo que incluye todas las clases cultas y en que todos se conocen y tratan.

No: no es el Carnaval entre nosotros la desaforada orgía de otras capitales de Europa, en que millares de individuos que no se han visto nunca, convierten las plazas y los teatros en otras tantas casas de locos: es una innumerable tertulia de personas que se aman, se temen, se odian ó se necesitan, en la cual se ha apagado la luz y andan las gentes á tientas diciendo verdades como puños y relajando en lo posible los vínculos estrechos de las conveniencias sociales.

1859.