Al principio de la campaña, el teniente Laré capturó a los prusianos dos cañones. Su general le dijo: «Gracias, teniente», y le concedió la cruz de honor.

Como era tan prudente como valeroso, sutil, imaginativo, pródigo en estratagemas y recursos, se le confi ó un centenar de hombres, y él organizó un servicio de exploradores que, en las retiradas, salvó varias veces al ejército.

Pero, como un mar desbordado, la invasión entraba por toda la frontera. Eran grandes oleadas de hombres que llegaban unas tras otras, levantando a su alrededor una espuma de merodeadores. La brigada del general Carrel, separada de su división, retrocedía sin cesar, batiéndose cada día, pero se conservaba casi intacta gracias a la vigilancia y a la celeridad del teniente Laré, que parecía estar en todas partes al mismo tiempo, hacía fracasar todas las tretas del enemigo, burlaba sus previsiones, despistaba a sus ulanos y mataba a sus vanguardias.

Una mañana el general lo mandó llamar.

«Teniente, dijo, aquí tengo un despacho del general de Lacère, que está perdido si no llegamos en su ayuda mañana al salir el sol. Lo encuentra en Blainville, a ocho leguas de aquí. Partirá usted al caer la noche con trescientos hombres que irá escalonando a lo largo del camino. Yo le seguiré dos horas más tarde. Estudie la ruta con cuidado; tengo miedo a encontrar una división enemiga.»

Helaba con fuerza desde hacía ocho días. A las dos empezó a caer la nieve; por la noche, la tierra estaba cubierta y espesos torbellinos blancos empañaban los objetos más próximos.

A las seis el destacamento se puso en marcha.

Dos hombres avanzaban como exploradores, solos, trescientos metros por delante. Luego venía un pelotón de diez hombres mandado por el propio teniente. El resto avanzaba detrás en dos largas columnas. A trescientos metros, en los fl ancos de la pequeña tropa, a derecha e izquierda, algunos soldados marchaban de dos en dos.

La nieve, que seguía cayendo, los espolvoreaba de blanco en la sombra; no se fundía sobre sus ropas, de manera que, como la noche era oscura, apenas manchaba la palidez uniforme del campo.

De vez en cuando hacíamos un alto. Entonces sólo se oía ese innombrable roce de la nieve que cae, más sensación que ruido, murmullo ligero, siniestro y vago. Una orden se comunicaba en voz baja y, cuando la tropa volvía a ponerse en marcha, dejaba tras de sí una especie de fantasma blanco de pie en la nieve, que se borraba poco a poco y terminaba por desaparecer. Eran los escalones vivientes que debían guiar al ejército.

Los exploradores aminoraron su marcha. Algo se erguía ante ellos.

«Tiren a la derecha, dijo el teniente, es el bosque de Ronfé; el castillo se encuentra más a la izquierda.»

Pronto circuló la palabra «¡alto!» El destacamento se detuvo y esperó al teniente que, acompañado por sólo diez hombres, dirigía el reconocimiento hasta el castillo.

Avanzaban arrastrándose bajo los árboles. De repente todos se quedaron inmóviles. Una calma espantosa planeó sobre ellos. Luego, muy cerca, una vocecita clara, musical y joven, atravesó el silencio del bosque. Decía:

«Padre, vamos a perdernos en la nieve. Nunca llegaremos a Blainville.»

Una voz más fuerte respondió:

«No tengas miedo hijita, conozco la región como la palma de mi mano.»

El teniente dijo unas palabras y cuatro hombres se alejaron sin ruido, semejantes a sombras.

De pronto un agudo grito de mujer subió en la oscuridad. Trajeron a dos prisioneros: un viejo y una niña. El teniente los interrogó, siempre en voz baja.

«¿Cómo se llama usted?

—Pierre Bernard.

—¿Profesión?

—Sumiller del conde de Ronfé.

—¿Es hija suya? —Sí. —¿Qué hace? —Es lavandera en el castillo.

—¡Vive Dios!, ¿por qué andan vagando así, de noche?

—Escapamos.

—¿Por qué?

—Este noche han pasado doce ulanos. Han fusilado a tres guardas y ahorcado al jardinero; y yo he tenido miedo por la pequeña.

—¿A dónde se dirigen?

—A Blainville.

—¿Por qué?

—Porque allí hay un ejército francés.

—¿Conoce el camino?

—Perfectamente.

—Muy bien; sígannos.» Se unieron a la columna, y reanudamos la marcha a campo traviesa . El viejo seguía en silencio al capitán. La hija caminaba a su lado. De repente la niña se detuvo.

«Padre, dijo, estoy tan cansada que no puedo seguir.»

Y se sentó. Temblaba de frío y parecía a punto de morir. Su padre quiso llevarla. Era demasiado viejo y demasiado débil.

«Mi teniente, dijo sollozando, seríamos un estorbo para su marcha. Francia ante todo. Déjenos aquí.»

El oficial había dado una orden. Algunos hombres se marcharon. Volvieron con ramas cortadas. Entonces, en un minuto, se hizo una camilla. El destacamento entero se les había unido.

«Aquí hay una mujer que se muere de frío, dijo el teniente; ¿quién quiere dar su capote para cubrirla?»

Doscientos capotes se desabrocharon.

«Y ahora, ¿quién quiere llevarla?»

Todos los brazos se ofrecieron. La muchacha quedó envuelta en aquellos cálidos capotes de soldado, y fue suavemente acostada en la camilla; luego, cuatro robustos hombros la levantaron; y, como una reina de Oriente llevada por sus esclavos, fue colocada en medio del destacamento, que reanudó su marcha más fuerte, más valeroso, más alegre, reanimado por la presencia de una mujer, esa soberana inspiración que hace cumplir tantos prodigios a la vieja sangre francesa.

Una hora más tarde nos detuvimos de nuevo y todos nos acostamos en la nieve. Una gran sombra negra corría más allá, en medio de la llanura. Era una especie de monstruo fantástico que se estiraba como una serpiente, luego, de pronto, se recogía en forma de bola, tomaba impulsos vertiginosos, se detenía y volvía a ponerse en marcha sin cesar. Órdenes murmuradas circulaban entre los hombres y, de vez en cuando, un ruidito seco y metálico chasqueaba. Bruscamente, la forma errante se acercó, y vimos venir al trote largo, uno tras otro, a doce ulanos perdidos en la oscuridad. Un resplandor terrible les mostró de pronto a doscientos hombres tumbados delante de ellos. Una detonación rápida se perdió en el silencio de la nieve, y los doce, con sus doce caballos, cayeron.

Esperamos largo rato. Luego reanudamos la marcha. El viejo que habíamos encontrado nos servía de guía.

Por fin una voz lejana gritó: «¿Quién vive?»

Otra mas cercana respondió con la consigna.

Seguimos esperando; se entablaron negociaciones. La nieve había dejado de caer. Un viento frío barría las nubes, y detrás de ellas, más arriba, centelleaban innumerables estrellas. Palidecieron y el cielo se volvió rosa por Oriente.

Un oficial de estado mayor vino a recibir al destacamento. Pero cuando preguntaba qué llevábamos en aquella camilla, la muchacha se movió; dos manitas apartaron los gruesos capotes azules y, rosa como la aurora, con unos ojos más claros que las  estrellas desaparecidas y una sonrisa tan luminosa como el sol que salía, una bonita cara respondió:

«Soy yo, señor.»

Los soldados, locos de alegría, aplaudieron y llevaron a la niña en triunfo hasta el centro del campamento, que tomaba las armas. Poco después llegaba el general Carrel. A las nueve atacaban los prusianos. A mediodía se batían en retirada.

Por la noche, cuando el teniente Laré, rendido de fatiga, empezaba a dormirse sobre un haz de paja, fueron a buscarlo de parte del general. Lo encontró en su tienda, hablando con el viejo que él misma había encontrado por la noche. Nada más entrar, el general le cogió de la mano y, dirigiéndose al desconocido, le dijo:

«Mi querido conde, aquí tiene al hombre del que usted me hablaba hace un momento; uno de mis mejores ofi ciales.»

Sonrió, bajó la voz y repitió:

«El mejor.»

Luego, volviéndose hacia el aturdido teniente, le presentó al «conde de Ronfé-Quédissac».

El viejo le cogió las dos manos:

«Mi querido teniente, dijo, ha salvado usted la vida de mi hija, sólo tengo una manera de darle las gracias… venga dentro de unos meses a decirme… si ella le gusta…»

Justo un año después, día por día, en la iglesia de Santo Tomás de Aquino12, el capitán Laré se casaba con la señorita LouiseHortense-Geneviève de Ronfé-Quédissac. Ella aportaba seiscientos mil francos de renta y era, según decían, la novia más guapa que se habían visto aquel año.