Había llegado la hora —la hora de la derrota y de la humillación— en que Sir William Howe debía cruzar el umbral de la Casa Provincial y embarcarse a bordo de la flota británica, sin las ceremonias triunfales que alguna vez se había prometido a sí mismo. Pidió a sus servidores y edecanes militares que se retiraran antes que él, y se demoró un momento en la soledad de la mansión para ahogar las violentas emociones que luchaban dentro de su pecho en una palpitación casi mortal. En verdad él habría preferido su destino si la muerte en combate lo hubiera hecho acreedor al estrecho recinto de una tumba dentro del territorio que su Rey le había ordenado defender. Con el lúgubre presentimiento de que, apenas sus pisadas resonaban escaleras abajo, la hegemonía de Gran Bretaña desaparecía para siempre de Nueva Inglaterra, se golpeó la frente con el puño cerrado y maldijo la suerte que había hecho recaer sobre sus espaldas el bochorno de un imperio desmembrado.
—¡Pluguiera a Dios —exclamó, conteniendo apenas lágrimas de ira— que los rebeldes estuvieran en este momento en el umbral! Entonces una mancha de sangre sobre el piso daría testimonio de que el último gobernante británico fue leal a su juramento.
La voz trémula de una mujer le contestó.
—La causa del Cielo y la del Rey son una —dijo la voz—. Continuad vuestra marcha, Sir William Howe, y confiad en que el Cielo devolverá en triunfo a un Gobernador de la Corona.
Sir William Howe reprimió inmediatamente la pasión por la que se había dejado arrebatar sólo en la certidumbre de que estaba solo, y tomó conciencia de que una anciana, apoyada sobre un báculo con pomo de oro, se interponía entre él y la puerta. Era la vieja Esther Dudley, que residía en esa mansión desde tiempos inmemoriales, y cuya presencia ya parecía tan inseparable de ella como las reminiscencias de su historia. Era hija de una tradicional y otrora eminente familia, que se había sumido en la pobreza y la decadencia, y que había dejado a su última descendiente sin más recursos que el tesoro del Rey ni más abrigo que el que ofrecían los muros de la Casa Provincial. Le habían asignado una función en la residencia, una faena puramente nominal que servía como pretexto para pagarle una pequeña pensión, la mayor parte de la cual la anciana invertía en engalanarse con su antigua magnificencia. Los sucesivos gobernadores habían reconocido los derechos del aristocrático linaje de Esther Dudley; y la trataron con la delicada cortesía que ella tenía la debilidad de reclamar, aunque no siempre con éxito, de un mundo negligente. La única intervención práctica que tenía en los asuntos de la residencia consistía en deslizarse por sus corredores y cámaras públicas, a altas horas de la noche, para comprobar que los sirvientes no hubieran dejado caer tizones de las llameantes antorchas, ni olvidado brasas que continuaran crepitando y chisporroteando en las chimeneas. Quizás había sido este invariable hábito de rondar en el silencio de la medianoche el que había dado pie a la superstición de esa época que atribuía a la mujer facultades horribles y misteriosas; e imaginaban que ella había atravesado el pórtico de la Casa Provincial, viniendo nadie sabía desde dónde, con el cortejo del primer Gobernador de la Corona, y que estaba destinada a permanecer allí hasta que el último hubiera partido. Pero Sir William Howe, si había escuchado alguna vez esta leyenda, la había olvidado:
—¿Qué hacéis merodeando por aquí, señora Dudley? —preguntó, con tono un poco severo—. Es mi deseo ser el último en pisar esta mansión del Rey.
—No será así, si vuestra Excelencia lo permite—respondió la mujer cargada de años—. Este techo me ha brindado amparo durante mucho tiempo. No saldré de abajo de él hasta que me transporten a la tumba de mis antepasados. ¿Qué otro refugio hay para la vieja Esther Dudley, como no sea la Casa Provincial o la sepultura?
—¡Que el Cielo me perdone! —murmuró Sir William Howe para sus adentros—. Estaba por dejar a esta infeliz anciana librada a la inanición o la mendicidad. Guardad esto, buena señora Dudley —agregó, depositando un bolso en sus manos—. La cabeza del Rey Jorge estampada sobre estas guineas de oro todavía vale esterlinas, y continuará valiéndolas, os lo juro, aunque los rebeldes coronen a John Hancock. Este bolso os deparará un amparo mejor que el que puede proporcionaros ahora la Casa Provincial.
—Mientras continúe soportando el peso de la vida, no tendré más abrigo que este techo —insistió Esther Dudley, descargando el báculo contra el piso con una actitud que expresaba su firme resolución—. Y cuando vuestra excelencia regrese en triunfo, yo iré arrastrándome hasta la entrada para darle la bienvenida.
—¡Mi pobre vieja amiga! —respondió el general británico, y todo su orgullo masculino y guerrero no bastó para contener un torrente de lágrimas amargas—. Esta es una hora infausta para vos y para mí. La provincia que el Rey me confió se ha perdido. Parto de ella con malos hados, quizás en desgracia, para no volver jamás. Y vos, que habéis fusionado vuestro presente al pasado, que habéis visto cómo un gobernador tras otro ascendía por esta escalera con majestuosa pompa, que habéis consagrado toda vuestra vida al cumplimento de las ceremonias reales y a la veneración del Rey… ¿cómo soportaréis este cambio? ¡Venid con nosotros! Despedíos de una tierra que ha abjurado de su lealtad, continuad viviendo bajo la autoridad de la Corona, en Halifax.
—¡Nunca, nunca! —respondió la obstinada anciana—. Aquí me quedaré y el Rey Jorge todavía tendrá un súbdito sincero en esta provincia infiel.
—¡Al diablo con la vieja tonta! —masculló Sir William Howe, cada vez más irritado por la terquedad de su interlocutora y avergonzado de haberse dejado arrastrar por la emoción—. Es el espíritu en persona de los antiguos prejuicios y no podría vivir en otro lado que no fuese este vetusto edificio. Bien, entonces, señora Dudley, puesto que os empeñáis en quedaros, dejo a vuestro cargo la Casa Provincial. Tomad esta llave y guardadla en lugar seguro hasta que yo, o algún otro Gobernador de la Corona, os la reclame.
Sonriendo amargamente por sí mismo y por ella, tomó la pesada llave de la Casa Provincial, la depositó en las manos de la anciana y se embozó en su capa para partir. Al volverse para mirar por encima del hombro la añosa figura de Esther Dudley, el general pensó que estaba muy bien dotada para tal misión, pues era una representante perfecta del pasado decadente de una era que había muerto con sus modales, sus opiniones, su fe y sus sentimientos, todos los cuales habían caído en el olvido o en el escarnio de lo que antaño había sido realidad pero ahora solo era una visión de desvanecida grandeza. Luego Sir William Howe se alejó, entrechocando sus puños crispados, embargado por la feroz angustia de su ánimo; y la vieja Esther Dudley quedó montando guardia en la solitaria Casa Provincial, conviviendo con sus recuerdos. Y si alguna vez la Esperanza pareció aletear en torno de ella, no era más que la Reminiscencia disfrazada.
El cambio radical que se produjo en la situación después de la partida de las tropas británicas no alejó a la venerable dama de su fortaleza. Por muchos años, a partir de ese día, no hubo gobernador de Massachusetts; y los magistrados que se hicieron cargo de las funciones ejecutivas no se opusieron a que Esther Dudley residiera en la Casa Provincial, sobre todo porque de lo contrario hubieran debido contratar una servidora para que cuidada el edificio, cosa que ella hacía por vocación. Y así dejaron que se convirtiera en la dueña indiscutida del viejo edificio histórico. Muchas y muy extrañas eran las fábulas que los chismosos susurraban respecto de su persona en todos los rincones de la ciudad donde ardía una chimenea. Entre los muebles desvencijados que habían quedado en la mansión se encontraba un espejo antiguo y alto, que valía con creces un cuento por sí mismo, y tal vez en el futuro sirva de tema de alguno. La lámina dorada que recubría su marco prolijamente tallado había perdido el brillo, y su superficie estaba tan empañada que la figura de la anciana, cuando se detenía frente al espejo, parecía borrosa y espectral. Pero existía la convicción general de que Esther podía lograr que los gobernadores de la dinastía depuesta, y las bellas damas que otrora habían engalanado sus fiestas, y los jefes indígenas que habían concurrido a la Casa Provincial para celebrar conciliábulos o jurar lealtad, y los hoscos guerreros locales, y los adustos clérigos, en síntesis, toda la pompa de antaño— y todas las figuras que habían cruzado por la ancha lámina de cristal en los tiempos pretéritos— reaparecieran, y poblaran el mundo interior del espejo con sombras de la vida ya pasada. Las leyendas de este género, sumadas a la singularidad de su existencia solitaria, a su edad, a la decrepitud que cada nuevo invierno cargaba sobre sus espaldas, convirtieron a Esther Dudley en un motivo a la vez de miedo y de compasión; y fue en parte como consecuencia de uno u otro de estos sentimientos que en medio del furioso desenfreno de la época su indefensa persona estuvo a salvo de tropelías e injurias. En verdad, su actitud respecto de los intrusos, entre los que catalogaba a todas las personas que obedecían al nuevo régimen, era tan altanera que se necesitaba una buena dosis de coraje para mirarla a la cara. Y para hacer justicia a los vecinos, diremos que pese a que todos se habían trasformando en severos republicanos, se sentían muy satisfechos de que esa anciana aristócrata, ataviada con su enagua de miriñaque y sus encajes desteñidos, continuara habitando ese palacio de la soberbia vencida y del poder derrocado, como símbolo de un sistema caduco, que encarnaba la historia en su persona. Así fue como Esther Dudley siguió viviendo año tras año en el Palacio Provincial, venerando siempre lo que todos los demás habían desechado, fiel todavía a su Rey, y hasta podría decirse que mientras la respetable dama se mantuvo en su puesto, él continuó conservando un leal súbdito en Nueva Inglaterra y un rincón del imperio que le habían arrebatado.
¿Y vivía allí en una soledad total? Los rumores decían que no. Cada vez que su corazón helado y seco anhelaba la tibieza de una compañía, convocaba del empañado espejo a un esclavo negro del gobernador Shirley y lo enviaba en busca de los huéspedes que mucho tiempo atrás habían frecuenH tado esas habitaciones desiertas. El mensajero de tez oscura partía raudamente, atravesando por el resplandor de las estrellas o la luz de la luna, y cumplía su misión en el cementerio, golpeando la puertas de hierro de las tumbas o las lápidas de mármol que las cubrían y susurrando a los que yacían en ellas: “Mi ama, la vieja Esther Dudley, os invita a concurrir a medianoche a la Casa Provincial”. Y cuando el reloj de Old South daba doce campanadas, las sombras de los Olivers, los Hutchinsons, los Dudleys y todos los aristócratas de una generación desaparecida llegaban puntualmente, deslizándose bajo el pórtico de la célebre mansión, y Esther se codeaba con ellos como si también fuera una sombra. Y aunque no garantizamos la veracidad de estas tradiciones, es cierto que a veces la señora Dudley reunía a unos pocos de los empedernidos aunque alicaídos viejos “tories”, que habían persistido en la ciudad rebelde durante aquellos días de ira y tribulaciones. En torno de una botella cubierta de telarañas, cuyo elixir habría hecho chasquear los labios de un Gobernador de la Corona, brindaban a la salud del Rey y tramaban traiciones contra la República, como si la sombra protectora del trono todavía se proyectara sobre ellos. Pero luego de escanciar las últimas gotas de licor, regresaban medrosamente a sus casas y no respondían una palabra si la chusma grosera los injuriaba en las calles.
Sin embargo, los huéspedes favoritos y más habituales de Esther Dudley eran los niños de la ciudad. Con ellos nunca fue hosca. Su carácter afable y tierno, que en sus otras manifestaciones había sido desviado de su libre curso por un millar de arraigados prejuicios, se derramaba generosamente sobre estos pequeños. Sobornándolos con panes de jengibre que ella misma preparaba y que llevaban estampada la corona real, atraía sus luminosos espíritus retozones al espacio limitado por el lúgubre portal de la Casa Provincial, y a menudo los convencía para que pasaran allí todo un día de juegos, sentados en círculo alrededor de su miriñaque, escuchando con atención sus historias de un mundo muerto. Y cuando estos niños y niñas salían de la oscura y misteriosa mansión se marchaban perplejos, embargados de viejos sentimientos que la gente más adusta había olvidado hacía mucho tiempo, frotándose los ojos frente al mundo que los circundaba, como si se hubieran extraviado en los tiempos antiguos, convertidos en criaturas del pasado. En sus casas, cuando sus padres les preguntaban dónde habían holgazaneado durante tantas horas y con quienes habían jugado, los niños discurrían sobre los personajes desaparecidos de la Provincia, remontándose hasta el gobernador Belcher y la arrogante dama de Sir William Phipps. Era como si hubieran estado sentados sobre las rodillas de estas famosas eminencias, que la sepultura ocultaba desde hacía medio siglo, y hubieran manoseado los encajes de sus maravillosos chalecos o tironeado desenfadadamente los largos bucles de sus pelucas flotantes. “¡Pero si el gobernador Belcher murió hace muchos años! —le decía la madre al niño—. ¿Y lo viste realmente en la Casa Provincial?” “¡Oh, sí, mamá, sí! —contestaba la criatura semidormida—. Pero cuando la vieja Esther terminó de hablar de él se esfumó de su silla.” Así, sin amedrentar a sus pequeños huéspedes, ella los conducía de la mano por las cámaras de su propio corazón desolado y lograba que la fantasía infantil percibiera los fantasmas que moraban allí.
Parece que a fuerza de vivir siempre dentro de su propio círculo de ideas, sin ajustar jamás su pensamiento a un enfoque correcto de las circunstancias actuales, Esther Dudley enloqueció parcialmente. Se comprobó que no tenía idea exacta sobre la marcha y situación verdaderas de la Guerra Revolucionaria, sino que creía firmemente que los ejércitos británicos triunfaban en todos los frentes de batalla y tenían asegurada la victoria final. Cada vez que la ciudad festejaba una batalla ganada por Washington, o Gates, o Morgan, o Greene, las noticias se filtraban en la Casa Provincial como si lo hicieran a través de los portales de marfil del sueño y se metamorfoseaban en extrañas historias sobre las hazañas de Howe, Clinton o Cornwallis. La anciana tenía la inconmovible certidumbre de que tarde o temprano las colonias se postrarían a los pies del Rey. A veces parecía dar por supuesto que tal cosa ya había sucedido. En una oportunidad sorprendió a los vecinos de la ciudad iluminando espléndidamente la Casa Provincial con velas en todos los cristales de las ventanas, y colocando una lámina trasparente con las iniciales del Rey y una corona de luz sobre el gran ventanal del balcón. Vióse pasar la figura de la anciana, ataviada con los más bellos de sus añejos terciopelos y brocados, desplazándose de una ventana a otra hasta que se detuvo frente al balcón y exhibió una inmensa llave sobre su cabeza. Su rostro arrugado refulgía realmente con una expresión de triunfo, como si su alma se hubiera convertido dentro de ella en una lámpara votiva.
—¿Qué significa este derroche de luz? ¿Qué presagia la alegría de la vieja Esther? —susurró un espectador—. Es espantoso verla deslizarse por los aposentos y regocijarse en ellos sin que un alma le haga compañía.
Es como si estuviera festejando algo en una tumba —comentó otro.
—¡Bah! No hay ningún misterio —observó un anciano, después de hacer un breve esfuerzo de memoria—. La señora Dudley celebra el cumpleaños del Rey de Inglaterra.
Entonces la gente rió a carcajadas y habrían arrojado lodo contra la lámina centelleante que ostentaba la corona del Rey a no ser por la compasión que les inspiraba la pobre anciana, tan trágicamente triunfante en medio del derrumbe y la ruina del sistema al que había pertenecido.
Solía tener la costumbre de subir por la destartalada escalera de caracol que conducía a la cúpula, desde donde forzaba sus cansados ojos escudriñando el mar y la campiña, a la espera de una flota británica o del avance de una nutrida columna sobre la que ondearía el pabellón del Rey. Los viandantes que transitaban abajo por la calle descubrían su semblante ansioso y le gritaban: “Cuando el indio dorado que corona la Casa Provincial dispare su flecha y cuando el gallo que remata el campanario de Old South cante… ¡entonces habrá llegado el momento de esperar a un nuevo Gobernador del Rey!”, porque tal era la consigna que se había difundido en la ciudad. Y por fin, después de muchos, muchos años, la vieja Esther Dudley supo, o quizá sólo soñó, que al día siguiente un Gobernador de la Corona se presentaría en la Casa Provincial para recibir la pesada llave que Sir William Howe le había confiado. En verdad, un rumor que tenía una vaga analogía con la versión de Esther, circulaba entre los vecinos de la ciudad. La anciana puso en la mansión el mayor orden que sus medios le permitían y, luego de acicalarse con sedas y opacas joyas de oro, permaneció un largo rato frente al empañado espejo para admirar su propia magnificencia. Mientras se hallaba entregada a esta contemplación, la dama gris y ajada movía sus pálidos labios, murmurando a media voz, conversando con las siluetas que veía dentro del espejo, con las sombras de sus propias quimeras, con los amigos entrañables de su memoria, invitándolos a compartir su alegría y a adelantarse para recibir al Gobernador. Y mientras estaba absorta en estas ensoñaciones la señora Dudley oyó el rumor de muchas pisadas en la calle y, asomándose a la ventana, vio lo que interpretó como la llegada del Gobernador de la Corona.
—¡Oh, día dichoso! ¡Oh, hora bienaventurada, bienaventurada! —exclamó—. Permitid sólo que le dé la bienvenida de este lado del portal, y habré cumplido con mi misión en la Casa Provincial y en el mundo.
Entonces, con pisadas inciertas, que la edad y la trémula alegría hacían vacilar, descendió de prisa por la colosal escalera, con un susurro y un crujido de sedas a su paso, por lo que se podría haber pensado que un séquito de cortesanos fantasmagóricos salía en tropel del desvaído espejo. Y Esther Dudley imaginó que apenas se abriera la ancha puerta toda la pompa y el esplendor de los tiempos idos ingresarían solemnemente en la Casa Provincial, y que los tapices dorados de antaño se inflamarían con el resplandor del presente. Hizo girar la llave, la retiró de la cerradura, abrió la puerta y cruzó el umbral. Por el patio avanzaba un personaje de aspecto majestuoso que ostentaba el sello de la aristocracia y la experiencia de mando, según pensó Esther, incluso en su marcha y en todos sus ademanes. Estaba ricamente ataviado, pero usaba un zapato para gotoso, el cual, sin embargo, no disminuía el señorío de su porte. Lo rodeaban y seguían otros hombres vestidos con sencillas ropas civiles, y dos o tres curtidos veteranos de guerra, que evidentemente eran oficiales de jerarquía con uniformes azules y rojizos. Pero Esther Dudley, tenazmente aferrada a la convicción que había echado raíces en su pecho, sólo contempló al personaje principal y no dudó ni por un momento de que era el largamente esperado Gobernador a quien debía entregar aquel edificio confiado a su custodia. Cuando se aproximó, Esther Dudley se prosternó involuntariamente y le tendió la pesada llave con mano temblorosa:
—¡Recibid mi tesoro! ¡Tomadlo de prisa! —exclamó—. Pues creo que la Muerte se afana por arrebatar mi triunfo. Pero llega demasiado tarde. ¡Gracias al Cielo por esta hora bienaventurada! ¡Dios salve al Rey Jorge!
—Extraña es la súplica que fomuláis en un momento como éste, señora —respondió el desconocido huésped de la Casa Provincial, y descubriéndose cortésmente le ofreció su brazo a la anciana para que se levantase—. Sin embargo, por respeto a vuestros grises cabellos y vuestra fe conservada durante tanto tiempo, que el Cielo no permita que alguno de los presentes se atreva a disentir. ¡Dios salve al Rey Jorge en los territorios que aún reconocen su autoridad!
Esther Dudley empezó a ponerse de pie y, retirando apresuradamente la llave, escudriñó con medrosa ansiedad al desconocido. Vaga y confusamente, como si de pronto hubiera despertado de un sueño, sus ojos atónitos identificaron a medias sus rasgos. Lo había conocido hacía muchos años, cuando era miembro de la burguesía provincial. ¡Pero el anatema del Rey había caído sobre su persona! ¿Qué hacía entonces, allí, el reo? Este mercader de Nueva Inglaterra, proscrito, indigno de misericordia, el enemigo más temido y odiado del soberano, se había rebelado triunfalmente contra el poder de un reino y en ese momento pisoteaba a la monarquía humillada, mientras ascendía por la escalinata de la Casa Provincial convertido en el Gobernador de Massachusetts por decisión popular.
—¡Infeliz, infeliz de mí! —murmuró la anciana, con una expresión tan atormentada que las lágrimas brotaron de los ojos del desconocido—. ¿He dado la bienvenida a un traidor? ¡Llévame, Muerte! ¡Llévame pronto contigo!
—¡Ay, venerable dama! —dijo el gobernador Hancock, sosteniéndola con todo el respeto que un cortesano podría haber desplegado para con su rema—. Vuestra vida se ha prolongado tanto que el mundo ha cambiado en torno de vos. Habéis atesorado todo aquello que ha perdido su valor con el transcurso del tiempo… los principios, los sentimientos, los modales, las formas de ser y actuar, que otra generación ha desechado… y que son un símbolo del pasado. Y yo, y quienes me rodean, representamos una nueva raza de hombres que no vive en el pasado, y apenas lo hace en el presente, aunque en cambio proyecta su vida hacia el futuro. Hemos dejado de inspirarnos en las supersticiones ancestrales, y nuestra doctrina y nuestro principio consisten en marchar adelante, ¡adelante! Sin embargo —continuó, volviéndose hacia sus ayudantes—, honremos, por última vez, los majestuosos y bellos prejuicios del Pasado tambaleante.
Mientras el Gobernador republicano hablaba, continuaba sosteniendo la forma desvalida de Esther Dudley. Su peso aumentó sobre el brazo de él; pero, al fin, con un súbito esfuerzo por zafarse, la anciana se desmoronó lentamente junto a uno de los pilares del portal. La llave de la Casa Provincial se desprendió de sus dedos y tintineó contra la piedra.
—¡He sido fiel hasta la muerte! —susurró Esther Dudley—. ¡Dios salve al Rey!
—¡Ha cumplido su deber! —dijo Hancock con acento solemne—. La seguiremos respetuosamente hasta la sepultura de sus mayores y después, mis conciudadanos, ¡adelante… adelante! ¡Ya no somos hijos del Pasado!