Felisa tenía veintitrés años; era hermosa, rica, estaba enamorada, podía casarse, porque su tutor no lo estorbaba, y sin embargo, iba dilatando voluntariamente la realización de su ventura: encantos de la juventud, bienes de fortuna, pasión correspondida, todas las circunstancias que justificaban y debieran de contribuir a que la boda se celebrase pronto, quedaban en ella esterilizadas por una resistencia incomprensible.
Su novio, que se había educado en el extranjero, haciéndose luego ingeniero en España, tenía cuatro o seis años más que ella, y era también inteligente, rico, de buena índole y arrogante figura, cualidades que le rindieron en poco tiempo el corazón de Felisa, pero que no bastaron a conquistar su voluntad.
La conducta de la muchacha era un verdadero enigma. Estaba en la situación más favorable a su deseo que pudo soñar mujer amante: para ella querer era poder, y en vez de fijar el día del casamiento, constantemente lo aplazaba, cuándo con astucia, cuándo con energía, ya fingiendo prolongar la vanidosa satisfacción de verse deseada, ya mostrando recelo de que al ser poseída mermase la vehemencia del amor que había inspirado, ya negándose clara y resueltamente.
El pobre Manuel no acertaba con la explicación de lo que entre ambos ocurría.
Felisa era elegantísima; gustábale todo lo artístico y lujoso, pero no pecaba de manirrota ni derrochadora. Según ella, con lo que habían de reunir al casarse, tendrían más de lo necesario: no había, pues, que atribuir a codicia el origen de aquella resistencia.
El tutor, que por honrosa y rara excepción le sirvió de padre cariñoso, deseaba la boda: primero, suponiendo que sería feliz, y segundo pensando ahorrarse las molestias que proporcionaba la administración de lo ajeno; con lo cual Felisa no hallaba oposición que vencer.
¿Tendría tal vez, como a muchas acontece, idea exagerada de sus propios encantos y esperanza de fundar en ellos un matrimonio más ventajoso?
No: Manuel podía rechazar esta sospecha cumplidamente, porque Felisa era tan modesta como desinteresada; no con la modestia que aparenta ignorar la propia belleza, sino con aquella otra que muy pocas mujeres tienen y que consiste en no abusar del poder que sus hechizos les conceden. Le gustaba engalanarse, pero luego de vestida pasaba ante los espejos sin mirarse, y ni a solas era ridículamente vanagloriosa, ni coqueta con los hombres.
Finalmente, Manuel estaba seguro de haberse ido enseñoreando del corazón de su novia en diálogos íntimos y largos, donde, sin menoscabo de su pureza, pudo mostrarse la mujer tal cual era.
Libre y apasionado él, sin madre y enamorada ella, tolerante y dormilona el aya que había de vigilarles, sus entrevistas no fueren dúos con centinela de vista, sino momentos de casta expansión en que sinceramente se dibujaron sus caracteres, contribuyendo los atractivos morales de cada uno a que se templara el amor de los sentidos en la dulce servidumbre de las almas.
No sopló el diablo, a pesar de hallarse tan cerca el fuego de la estopa. Pero cuanto más orgulloso estaba Manuel por haberse apoderado del corazón de Felisa, menos podía explicarse su terquedad en ir dejando la boda para más adelante, como si juntamente sintiese amor al hombre y miedo al matrimonio. ¿En qué se fundaba su temor?
No llegó a sorprenderlo toda la perspicacia de Manuel. Por Noche Buena del primer año de sus amores, le dijo Felisa que se casarían en la primavera siguiente; llegado Abril, lo aplazó para el verano; luego dio largas hasta la vuelta de los baños de mar; en Septiembre ideó nueva dilación con pretexto de pasar el otoño en París haciendo preparativos y compras; por último habló del día de año nuevo y santo de él, y hubiese seguido alargando plazos si Manuel no tuviera el valor de fingir (su trabajo le costó) que se enfadaba seriamente. Planteó la cuestión, discutieron, y venció… a medias, que es como siempre vence el hombre a la mujer.
Manuel tenía necesidad ineludible de ir a Nueva York y permanecer allí dos o tres meses para arreglar asuntos que, al morir, dejó pendientes su padre, y que importaban muchos miles de duros; deseando además estudiar los últimos adelantos realizados por ciertos ingenieros yankees. Echando cuentas galanas, su proyecto era casarse, pasar unos días en París, y hacer luego el viaje con Felisa durante la luna de miel: a lo cual ella se negó en redondo, proponiéndole a su vez que fuese solo a América, que mientras terminaría todos los preparativos, y que a su vuelta él designaría la fecha definitiva del casamiento.
Con esta nueva demora hubo de transigir Manuel, ya formalmente esperanzado por la seriedad de la promesa.
—Comprendo que tengas miedo al mar—le dijo;—pero júrame que documentos, papeles, ropas, muebles, todo, lo tendrás preparado para que nos casemos a las veinticuatro horas de mi llegada. Si intentas el menor retraso, creeré que es un pretexto, un modo de reñir conmigo.
Te juro que al día siguiente de tu llegada nos casamos, si tú lo deseas. ¿Acaso soy la primera que tiene miedo al mar?
Pero mentía.
La navegación no le inspiraba temor: se negó a embarcarse por ganar tiempo, pareciéndole que aquellos dos o tres meses no habían de acabarse nunca.
Pocos días después emprendió Manuel su viaje.
Desde París, desde el Havre, hasta momentos antes de ir a bordo, la escribió cartas llenas de confianza y de ternura, a las cuales ella contestó con un telegrama, pues no había tiempo para más, en que discreta y veladamente ratificaba su promesa.
Luego, cuando durante la navegación dejó de recibir aquellas frases que le recordaban el compromiso adquirido, volvió de nuevo a la resistencia. En vano su aya o acompañante, aleccionada por Manuel, intentó que principiase a buscar casa, tomar criados, comprar ropas de cama y mesa y encargarse trajes. Felisa no hizo nada; en vez de entregarse a las ocupaciones gratas para cuantas se casan a su gusto, persistió en su inacción: antes parecía amante abandonada que novia dichosa. Ni aun el tutor logró hacerle comprender lo desatinado de su conducta.
—Mira, nena—le decía,—estás jugando con fuego: afirmas que le quieres y al mismo tiempo te niegas a casarte; de modo que si se da a pensar en semejante contradicción… ¡Figúrate! Va a creer que hay en tu vida alguna mancha cuyo recuerdo te obliga a rechazar lo mismo que deseas. ¡Pobre de él y pobre de ti como se le meta eso en la cabeza! Vamos a ver: ¿en qué fundas tu terquedad?
Cuando tales cosas escuchaba Felisa, dejaba caer la cabeza sobre el pecho y contestaba con evasivas.
—No sé… rarezas mías… ya nos casaremos.
El origen de su proceder era de tan difícil explicación, que ni ella misma podía justificarlo: estribaba en una preocupación casi pueril, meramente sentimental y supersticiosa; pero tan robustecida en fuerza de darle vueltas con el pensamiento, que no conseguía desterrarla ni vencerla. Ignoraba el modo de combatirla; pero sabía formularla con esa terrible claridad que tiene el alma para conocer sus desventuras. He aquí lo que la atormentaba y sobre lo cual levantaba una serie de razonamientos insensatos, descabellados, pero que le hacían sufrir como si fuesen fruto de la lógica más perfecta.
Su madre había sido mujer de extraordinaria hermosura, una de esas beldades excepcionales que debieran ser premio providencial otorgado a los mejores hombres; pero que, por azares de la vida, son presa y juguete del primero que sabe engañarlas, pues es cosa sabida que no corta la flor quien sabe apreciarla, sino quien anda más cerca de ella al punto en que se abre. Aquella mujer encantadora fue desgraciadísima por causa de su propia hermosura: todas sus desdichas, y fueron tantas que acabaron con ella, tomaron origen en su funesta belleza.
El primer hombre a quien quiso murió loco por no lograr que se la diesen como esposa. Luego la casaron sus padres con un ricacho desalmado y frío que, tras una temporada de apasionamiento meramente físico, la dejó abandonada durante cuatro años. Arruinose después en el juego, y pensando entonces que las gracias de su mujer podían ser base de nueva prosperidad, le impuso con amenazas la reconciliación, obligándola a soportar amantes, a quienes explotaba. De una de estas uniones nació Felisa que pudo ser el consuelo de su madre; pero el marido la dio a criar en tierra extraña, y al cabo de unos cuantos meses dijo que había muerto. Por último, aquel malvado reprodujo con caracteres más repugnantes la tradición o leyenda de la mujer de Candaules, y una noche, cenando con tres amigos, subastó entre ellos a su esposa. Los padres de ésta, sabedores de tanta infamia, pusieron remedio al mal: a fuerza de oro rescataron a la esposa mártir y a la niña abandonada, muriendo de allí a poco la primera y heredando la segunda aquella belleza extraordinaria, germen maldito de tamañas desdichas. Posteriormente, primero los abuelos y después el tutor, criaron y educaron a Felisa entre mimos y grandezas.
Más adelante el supuesto padre, que sólo lo era legalmente, pidió a los abuelos una gruesa suma; no quisieron dársela, y él, por vengarse, hizo llegar a manos de la nieta un papel donde refería las infamias que había hecho con su mujer, la vida que le obligó a sobrellevar, y hasta la lista de los amantes que le impuso.
Todo esto sabía Felisa: tal era el vergonzoso origen que no quería confesar a su novio. Además, por testimonio de gentes que la conocieron y por retratos que se conservaban, sabía también que físicamente se parecía a su madre cuanto una mujer puede parecerse a otra. Tan grande era la semejanza, que hallándose un verano en un pueblo de baños, un caballero anciano la habló, comprendiendo quién era sin que nadie se lo dijese, porque a voces lo declaraban los rasgos su fisonomía.
Esta era la causa de su insistente deseo de aplazar la boda: de una parte quería ocultar la infamia de su nacimiento, y de otra aquel extremo parecido perturbaba sus ideas hasta el punto de hacerle temer que, como heredó la belleza, heredaría también la desgracia y la deshonra. Calma, reflexión, frialdad, todo era inútil. Mientras escuchaba las protestas de amor que su Manuel le prodigaba, creía en él y le adoraba, maldiciéndose a si misma, por imaginar que aquel hombre fuese capaz de algo malo; pero cuando a solas por la noche besaba el retrato de su madre, o cuando a la mañana se veía en el espejo, sentía nuevamente el alma invadida de temores; erguíase en su pensamiento la resistencia invencible al matrimonio, y en garantía de felicidad ansiaba ser amada como no lo fue su madre, como acaso no lo fue mujer alguna, con una pasión despojada de todo sensualismo, con afecto ideal, tan puro y limpio de deseos, que ni la posesión lograra mancillarlo ni el hastío destruirlo.
Había en aquella superstición cierta grandeza trágica entre cristiana y gentílica. De un lado suponía ser de aquellos hijos malditos en quienes retoñan y se castigan las culpas de los padres; de otra parte se miraba predestinada al infortunio como las vírgenes de los poemas griegos: temía juntamente ser víctima expiatoria, y presa de la fatalidad, viniendo estos sentimientos, por una larga e intrincada serie de transformaciones mentales, a degenerar en una impresión doble y extraña que la impulsaba a deleitarse con el pensamiento en el amor, y a temer al amante como hombre. Diríase que su madre la concibió forzada, pugnando por sustraerse a la realidad, y que ella, adivinándolo, sentía horror de ello, procurando aborrecer las perfecciones corporales que habían de convertirse en desventuras del alma.
Otros tiempos, otras ideas, otro medio social en torno suyo, y Felisa hubiera sido de aquellas visionarias que se atenaceaban los pechos y se abrasaban el rostro para no caer en brazos del ángel malo. Era, sin darse cuenta de ello, una mística del amor; quería sentirlo y poseerlo en espíritu, con la suave delicia del arrobamiento; y como aquella belleza que suponía funesta le sujetaba al suelo, maldecía de ella viendo en la expresión turbadora de sus ojos, en la púrpura de sus labios, y hasta en el timbre voluptuoso y penetrante de su voz, otros tantos presagios de irremediables infortunios.
Estas preocupaciones, en un principio voluntarias y solicitadas por el pensamiento, llegaron a dominarla, convirtiéndose poco a poco en supersticioso terror; sus cavilosidades adquirieron esa tenacidad inconsciente de las perturbaciones mentales, y comenzó a odiar sus encantos, como si fueran obstáculo a su felicidad y causa de que no pudiera saber hasta dónde llegaba el amor del hombre a quien quería.
Por fin su imaginación enfermiza resumió todos aquellos desvaríos en esta pavorosa duda:
«Si fuese fea… ¿me querría?»
Jamás mujer bonita se ha hecho pregunta tan terrible.
En estado de ánimo análogo al suyo debió de verse aquella dama que, perseguida con deseos torpes por un rey de Castilla, se abrasó el rostro para evitar la ocasión de su deshonra.
Felisa, menos trágica, más moderna, y sobre todo más femenina, se limitó a procurar saber si Manuel amaba y deseaba en ella algo superior a la envoltura carnal. Luego de sentirse amada en espíritu, toda hermosura le parecería poca para que él la gozase; pero alambicando y quintaesenciando a su modo la índole de la pasión que inspiraba, se preguntaba constantemente:
«¿Me querría si fuese fea?»
Cuando Manuel tuvo casi ultimados los asuntos que motivaron su viaje, escribió a Felisa fijando el día de la boda.
«Dentro de quince días estaré en París—decía,—y desde allí telegrafiaré.»
La travesía de Nueva York al Havre se lo hizo más larga que a los argonautas toda su expedición: al fin pisó el puerto, tomó el tren y se detuvo en París, a lo cual le obligaba la necesidad de negociar ciertos valores, albergándose en la misma fonda donde estuvo algunos días al hacer el viaje de ida, porque en ella vivía su antiguo y cariñoso amigo Pepe Teruel, que conocía a Felisa, y a quien constantemente hablaba de ella: debilidad propia de enamorados, que siempre han menester confidente.
Manuel y Pepe habían sido compañeros de colegio, condiscípulos de carrera y camaradas de aventuras en la primera época de su juventud: tal confianza les unía, que al irse a Nueva York el primero dijo al segundo:
—Ya he dicho a Felisa dónde ha de escribirme y hasta qué fecha; pero cuando le avise que estoy a punto de volver, me escribirá aquí. Tú me guardas las cartas hasta que te las pida, si por casualidad he de permanecer fuera más tiempo.
En cumplimiento de este encargo, el día de su regreso le entregó Pepe tres o cuatro cartas, diciéndole, al dárselas en el cuarto de la fonda, mientras les preparaban el almuerzo:
—¿Sabía ella con seguridad cuándo te embarcabas?
—Fijamente, no. ¿Por qué?
—Porque esas cartas son muy atrasadas: estos últimos días no ha escrito… esta mañana ha llegado otra carta… pero no parece suya la letra… tómala.
—¿De modo que estas son anteriores?
—Claro: la última vino el 2; estamos a 30; con que…
—¡Veintiocho días sin escribir!
Desazonado por el presentimiento de alguna desgracia, rompió el sobre, cuya letra no era de Felisa, y miró la firma.
—¿De quién?—preguntó Pepe.
—De Lorenza.
—¿Quién es esa señora?
—La conoces: es aquella viuda graciosa y parlanchína con quien jugabas al aljedrez; buena y lista, pero demasiado amiga de divertirse. No me gusta que ande mucho con ella, pero ¡vaya V. a evitarlo! Felisa le da vestidos, sombreros, la saca de apuros, la lleva al teatro, en coche… Es el tipo de la parienta o amiga que tienen casi todas las muchachas ricas; servicial, complaciente, mitad por afecto, mitad por interés… Felisa la maneja como quiere. Y vaya una carta larga. Verás cómo hacen encargos, de seguro piden trapos… y, sin embargo, me temo algún disgusto gordo.
La lectura de los primeros renglones le alarmó: luego se puso pálido, comenzaron a temblarle las manos, nubláronsele los ojos, como si a despecho de la entereza varonil quisieran brotar las lágrimas, y por último, dejándose caer sobre una butaca, alargó el papel a su amigo, mientras decía entre sollozos:
—Entérate. ¡Pobre Felisa mía!
Pepe leyó en voz alta.
«Querido Manuel: No sé si recibirás en París estas líneas ni cuándo llegarán a tus manos. Sé que voy a darte una pesadumbre, y, sin embargo, ni quiero ni puedo dejar de escribirte. Yo lo hubiera hecho de todos modos, pero además lo hago por encargo de Felisa.
»Tantos rodeos para comenzar y los muchos días que llevas sin recibir noticias suyas, te habrán hecho temer que aquí sucede algo grave: desgraciadamente, no hay más remedio que decírtelo. Ha pasado el peligro, pero ha sido grandísimo: unas viruelas espantosas.
»En cuanto a su vida, puedes estar tranquilo; los médicos la han salvado. Dicen que la convalecencia será larga, y basta verla para creerlos. No parece su sombra; en fin, seguiremos cuidándola como hasta aquí, y recobrará las fuerzas perdidas.
»Y ahora, pobre amigo, ármate de valor. Ya te lo figuras, ¿verdad? Consulta bien a tu corazón, haz algo que sea semejante a un examen amoroso de conciencia, y si quedas seguro de que todavía puedes quererla, prepárate a sufrir una gran desilusión y a luchar con la más terca manía que cabe en cabeza humana.
»La violencia de la enfermedad ha sido espantosa: dice el médico que no recuerda tan fuerte ataque de viruelas. ¿Para qué aumentar tu pena refiriéndote detalladamente cuánto ha sufrido y nos ha hecho pasar? Donde más ha tenido ha sido en la cara; fue preciso atarle las manos para que no se destrozara, y aun así ha quedado completamente desfigurada.
»Las facciones han perdido su regularidad y su gracia; la tez, todavía plagada de manchas rojizas, quedará para siempre llena de hoyos, y por algo que no sé explicarte, pues no entiendo lo que dicen los médicos, la cara se le ha quedado algo contraída y como atirantada; en las mejillas y alrededor de los labios es donde tiene más viruelas; los ojos apenas dan idea de lo que fueron: la viveza y expresión que tenían se ha convertido en una mirada amortiguada y mate: no hay brillo en sus pupilas, y casi estoy por decirte que su dulce melancolía contribuye a que sea mayor la compasión que inspira: parece que en los ojos se le refleja la amargura del alma.
»Al segundo día de levantarse pidió un espejo. Doña Genara y yo habíamos quitado los que había en el cuarto, deseando retrasar la horrible impresión que había de sufrir, tratando al menos de que no fuese una impresión brutal y repentina. Como comprenderás, los espejos pequeños podían esconderse fácilmente, y así lo hicimos: con decir que no parecían, en paz; pero delante del armario de luna tuvimos que poner un biombo con pretexto de que por una puerta entraba aire.
»Todas las precauciones fueron inútiles: ya sabes lo lista que es. Enseguida lo notó todo, y dándonos sus llaves, pidió un espejo de mano que tenía guardado. Hubo que obedecer. Se miró, hizo un esfuerzo violentísimo por sobreponerse a la impresión que debió de sufrir, y luego inclinó la cabeza sobre el pecho, mientras por las mejillas le caían dos lagrimones que no podían resbalar como antes sobre la tersura de la piel, sino que fueron cayendo de hueco en hueco y de hoyo en hoyo como gotas de agua arrojadas contra arena dura. ¡Qué escena tan triste! No es para descrita.
»En muchas horas no hubo modo de arrancarle palabra. No comió ni durmió. A la tarde siguiente me llamó, haciéndome sentar a su lado y me encargó que te escribiera.
»He aquí, poco más o menos, sus palabras, que pronunció serena, fríamente, y las cuales, a mi juicio, son el fruto de una noche de horrible insomnio y de sin igual tormento:
»Escribe a Manuel, dile que he estado mala, lo que he tenido… y cómo me he quedado. La verdad desnuda… que estoy horrible, espantosa, que puedo inspirar lástima; pero que el amor y el mundo se han acabado para mí: que le devuelvo su palabra… y que sea tan feliz como merece. Ya ves—añadió—es hombre, y por grande que sea su amor, ¿qué pasión resiste a esta prueba? Hasta me complazco en creer que sufrirá. ¡Ya ves si soy egoísta! Pasará una temporada cruel, pero ni puedo ni quiero exigirle que se case conmigo. ¡Qué desencanto si me viese! En mi belleza—siguió diciendo se fundaba su amor; la he perdido y tiene derecho a la libertad: si yo no se la diese ahora, él la recobraría luego… y sería peor. Esta resolución es irrevocable; nada podrá torcerla. En cuanto pasen unos días y me sienta más fuerte, me iré a la Puebla del Maestre, procuraré restablecerme, y trataré de olvidar un mundo donde, ya lo ves, la dicha depende de una calentura y unos cuantos granos feos en la cara. ¡Pobre de mí! Escribe a Manuel de modo que sufra lo menos posible, pero persuádele de que esto se acabó; ahórrale penas, pero quítale toda esperanza. Bien miradas las cosas, aunque ahora lo sienta, cuando sepa cómo estoy, bendecirá este arranque mío. No debemos volver a vernos. Quiero que, de conservar memoria mía, guarde el recuerdo de la otra Felisa, la de antes.
»He tratado de repetir sus mismas frases: lo que no puedes imaginar es el acento de amarga y firme resolución con que las dijo.
»Y he aceptado el encargo de escribirte esta carta violentándome mucho, porque sé la pena que ha de causarte: pero ten la seguridad de que nadie participará de ella tan sinceramente como tu antigua y buena amiga,
Lorenza.»
Manuel estuvo abatidísimo durante la lectura de la carta, y concluida, interrogó a su amigo con la mirada, invitándole a que hablase. Pepe lo hizo así:
—¿Qué quieres que te diga? El golpe es rudo… pero vamos a cuentas. Del exceso del mal brota a veces en la vida el consuelo, y si no el consuelo, la persuasión de que las fuerzas humanas se estrellan contra la realidad. La cosa es dolorosísima: para un enamorado, saber que su amada se ha puesto fea es robarle el sol a medio día… En cambio la situación no puede ser más despejada. Todo te lo dan hecho.
—Explícate.
—Una de dos: o amas a esa mujer de tal modo que aun desfigurada, la haces tuya… y créeme, ella cederá si lo intentas; o no te atreves a tanto, y entonces… pues te quedas aquí un año, y chico… ¿cómo ha de ser? la mancha de la mora… De todos modos, piénsalo mucho, interrógate y contéstate sinceramente, porque ni debes hacer nuevas protestas de pasión, movido sólo de conmiseración y lástima, ni exponerte a que un arrepentimiento tardío te haga desdichado para el resto de tu vida.
Manuel no estaba para sostener discusión, ni siquiera para expresar lo que sentía.
Pepe siguió haciéndole reflexiones de las que a sangre fría se discurren cuando no es propio el mal que las motiva.
Así estuvieron todo el día y parte de la noche encerrados en el cuarto de la fonda: Manuel, triste y silencioso, leyendo y releyendo la carta: Pepe, aguzando el ingenio y prodigando sutilezas que endulzasen tanta amargura.
Pocos días después Lorenza recibía la presente carta:
«Mi querida amiga: El ser yo quien conteste a lo que ha escrito V. a Manuel, necesita previa explicación. Yo también soy medianero de tristezas: V. experimentará, al leer lo que voy a decirle, una impresión tan dolorosa como la que yo he sufrido leyendo lo que V. ha escrito.
»Cuando Manuel marchó al Havre para embarcarse, me rogó que recibiese cuantas cartas llegasen para él. «Casi todas—me dijo—serán de negocios; las abres y contestas según instrucciones que luego te daré.» Y después, enseñándome el sobre de una escrita por Felisa, añadió: «Las que tengan esta letra me las guardas.» Con posterioridad a su partida llegaron varias que conocí ser de ella, y las guardé: luego faltaron, y como hace tres días recibí la de V., y la letra del sobre en nada se parece a la de Felisa, claro está, la abrí y leí. Por el mal rato que habrá V. pasado al escribirla, podrá V. comprender el que yo estaré sufriendo ahora, porque el objeto de estas líneas es igualmente doloroso. ¡Razón tienen los que afirman que lo novelesco e inverosímil abunda más en la realidad que en los libros!
»Hace cuatro días, cuando esperaba la llegada de Manuel, recibí un telegrama puesto por el cónsul de España en el Havre, que es antiguo amigo mío, y que estaba redactado en estos términos:
»Ocurrido grave y desgraciado accidente a Manuel al desembarcar procedente de América. Conviene venga V. por primer tren.»
»A las pocas horas de recibida esta triste noticia, llegué al Havre. El accidente a que se refería el cónsul había sido horrible. En el momento en que, recién llegado de Nueva York, saltaba Manuel desde el vapor que le había traído, al bote que debía conducirle hasta el muelle, estaban en la entrada del puerto dos ingenieros holandeses haciendo las primeras pruebas de una lancha movida por un aparato de su invención, llamado «propulsor de reacción». Quizá, como señora, no entienda V. bien lo que esto significa, ni esta es ocasión de explicárselo. Bástele a V. saber que se trata de un nuevo sistema de locomoción marítima, sin ayuda de remos, velas, vapor ni electricidad.
»La mañana estaba hermosísima; miles de curiosos llenaban los muelles; el lanchón de los holandeses, que surcaba las aguas con pasmosa velocidad, pasó junto al bote en que venía Manuel.
»Este, como buen ingeniero y apasionado de su profesión, quiso presenciar a corta distancia el experimento, y para lograrlo, dio propina a los remeros, diciéndoles que siguiesen de cerca a la embarcación de los inventores.
»Pocos momentos después, el aparator motor que manejaban los holandeses, cargado con sustancias químicas, estalló, causando varias víctimas.
»Uno de los que lo manejaban quedó muerto en el acto; el que hacia de timonel sufrió graves quemaduras, y nuestro pobre Manolo, que tan imprudentemente se había aproximado, recibió en la cara gran parte de la carga química que debía mover el malhadado invento.
»Los remeros, viéndole caer sobre las tablas del bote con el rostro ensangrentado, le trajeron inmediatamente a tierra.
»Las heridas son, como dicen los médicos, de pronóstico reservado; mas por lo que yo he podido comprender, el pobre Manuel quedará ciego.
»Fue llevado al hospital de marina, y de allí, con grandes precauciones, le traje a París en cuanto lo permitió la prudencia. No está en peligro su vida, por fortuna, pero repito que la pérdida de ambos ojos parece inevitable: sólo un milagro puede hacer que estos temores no se cumplan. Ya ve V. lo cruel que sería comunicarle ahora todo lo que V. me dice en su carta sobre la enfermedad y la resolución de la desgraciada Felisa.
»¿Querrá ella, después de leer estas líneas, renunciar a su propósito? ¿Qué resolverá? Ni puedo ni quiero adelantarme a interpretar su voluntad, que acaso se modifique dadas las circunstancias.
»El desdichado ignora la gravedad de su situación; supone que se curará por completo; cree que verá pronto, y a quien más desea ver es a su Felisa.
»Con tal intensidad se ha posesionado de él este deseo, que me ha dado encargo de hacer a Felisa la proposición siguiente:
»Dice que, según ellos convinieron, Felisa debe tener arreglados todos los documentos necesarios para la boda, y que como él tiene también corrientes los suyos, el matrimonio se puede celebrar en Madrid por poderes, luego de lo cual espera que ella venga inmediatamente a París, no a pasar una luna de miel, sino a cuidar a su marido enfermo. Tal es la mezcla de amor y de egoísmo que se ha imaginado.
»Esto me ha dicho hace dos horas. ¿Cómo quiere V. que yo le entere de que su Felisa ha perdido aquella belleza que era su orgullo, y además le diga que ha resuelto no casarse? Se supone querido e ignora que quedará ciego. A su discreción de V. fío cómo debe enterar a Felisa de todo este, y con arreglo a lo que resuelva aguardo instrucciones.
»Hable V. con ella y contésteme lo antes posible.
»Suyo afectísimo siempre.
Pepe.»
La lectura de esta carta produjo a Felisa una emoción extraordinaria e imposible de analizar: sintió pena por el infortunio del ser amado, incertidumbre de lo que debiera procurar según lo extraordinario de las circunstancias, y alegría por vislumbrar la ocasión de ver puesta a prueba la grandeza de su corazón.
Con cierto refinamiento egoísta de idealismo pervertido y femenino, se complacía en persuadirse de que la desgracia de Manuel daba solución al pavoroso problema de sus dudas; porque si había de quedarse ciego, ¿qué importaba ya que en ella subsistiese el encanto de su belleza heredada y funesta?
Además, ella le hablaría de su hermosura como de un bien ilusorio, por lo fugaz, y del amor de su alma como de una realidad inacabable y constante. ¿Qué importaban ni qué valían la púrpura de su boca, ni el llamear de sus ojos, comparados con la ternura de su espíritu?
La fuente de los placeres terrenos y groseros estaba para él cegada, y en cambio, ella, en su alma, sentía brotar y correr hacia el amado un raudal de abnegación y dulzura. Aquello era la purificación de toda torpeza, la clara visión interna del amor: amar sin ver el objeto de la pasión, algo semejante a la fe que adora lo que acaso no existe.
Lorenza contestó telegráficamente a Pepe, que Felisa accedía al matrimonio por poderes, y que enseguida de verificado saldría para París con dos criados, si, dada su avanzada edad, no podía el tutor acompañarla.
Envió Manuel los poderes necesarios, y allanó Felisa a fuerza de dinero cuantas dificultades surgieron, resolviendo, por último, que un primo suyo representase al novio, y que la ceremonia se verificara en la Puebla del Maestre, donde todo había de serle más fácil de lograr, gracias a los amigos y deudos que allí se desvivirían por servirla. Salieron las cosas a medida de su deseo, y una mañana, muy temprano, ante poca gente, puesto el pensamiento en el hombre a quien quería, dio palabra y entregó mano de esposa al que le representaba. Hasta la anormalidad de ser otro distinto de su amante quien recibió su juramento, le pareció cosa conforme al estado de su espíritu, porque, en vez de sentir el terror que le inspiraba la idea de dejarse poseer, pudo complacerse en saborear mentalmente el casto placer de pensar que su porvenir y su vida estaban para siempre unidos a los de un hombre que la quería, y que, no pudiendo verla, no habla de fundar la pasión en sólo la hermosura.
Hallábase al otro día ocupada en los preparativos para marchar a París, cuando recibió un telegrama fechado en Burdeos, donde sin mas explicaciones, decía Manuel:
«No salgas del pueblo: llegaré pasado mañana.»
Su sorpresa no pudo ser mayor; pero ¿qué remedio, sino esperar y obedecer?
Al expirar el plazo marcado a su impaciencia, Felisa, acompañada de Lorenza, salió a recibir a Manuel hasta legua y media más allá del pueblo, esperándole nerviosa y desasosegada, al caer la tarde, en un recodo del camino.
En la última línea del horizonte, bajo la inmensidad azul, se destacaban las cumbres violáceas de la sierra, oíase a lo lejos acompasado y lento el campanilleo de una recua, y una bandada de golondrinas, piando alegremente, volaba en torno de los murallones de un castillo ruinoso que parecía perdido y olvidado en la extensa soledad del llano.
De pronto sonó ruido de cascabeles y trallazos, y ambas mujeres vieron venir por la carretera un coche de colleras tirado por cuatro mulas y envuelto en una nube de polvo.
Pocos minutos después el coche se detenía, y el amante esperado se apeaba solo, ligero y ágil, saltando como un muchacho.
Felisa, sin acertar a creer lo que veía, gritó a su compañero:
—¡Es él! ¡Solo! ¡Sin vendas ni trapos!
Manuel la abrazó con fuerza, como quien se apodera de algo propio largamente codiciado, y ella se dejó estrechar sin sustraerse al legítimo halago.
—¿Pero qué engaño ha sido este?—preguntó él, trémulo de gozo, viendo su rostro sin la menor señal de la mentida enfermedad.
—Quise saber—repuso ella—hasta dónde llegaba tu cariño. ¿Pero y tus ojos y tu ceguera?
—De tu mentira, que creí verdad, nació la mía. ¿Qué te sorprende? Quise demostrarte que tu corazón me atraía más que tu belleza. Yo te amaba desfigurada y fea… como tu me has querido ciego. Piensa ahora si seremos dichosos: tú hermosa, yo pudiendo mirarte, y los dos seguros uno de otro.